No recuerdo en qué ciudad estamos. Llevamos siete días de agitado periplo. Monumentos, catedrales, fotos, tiendas, autobús y vuelta a empezar. Siguiendo como autómatas al grupo, callados, enfurruñados. Tú, exigiéndome sonreír para tomar las fotos que colgarás en la red mostrándonos felices. Yo, callando por no gritar.
Aduzco un profundo malestar para permanecer en el hotel. Te enfadas, si es que cabe enfadarse más, y marchas con tu teléfono bien cargado. Cojo un taxi hacia al aeropuerto y evalúo posibles destinos entre las próximas salidas. Sonrío con un billete cualquiera en la mano. Nada como estar de vacaciones al fin.