Tatuaje

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Había escrito cien veces: te quiero. Ella le había pedido tantas veces que se lo dijera… Prefirió, como prueba irrefutable, ponerlo por escrito. Al principio ella se había quejado. Siempre encontraba motivo para quejarse. Pero la décima novena vez que empezó a dibujar la T con el estilete, ella abandonó los lamentos en que se habían convertidos sus gritos iniciales. Terminada su obra, se alejó para contemplarla orgulloso. Desde las pantorrillas, exquisitos regueros de sangre descendían para difuminarse en la sábana blanca. La piel de espalda, glúteos, y nuca, conformaban un simétrico diseño en tonos de rojo, bordó y ocre. Sin desatarla, se alejó en silencio.

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Marketing elemental

Usted es el primero que la abre. Una tienda de este tipo… no funcionará. Gente muy conservadora.

Simulé no escuchar y seguí acomodando mi escaparate. Colgué un surtido de sonrisas con hilo de pescar desde el techo. Apilé con estilo los abrazos fraternales en una esquina y los apasionados en otra. Los besos de pico esparcidos por el suelo, los de ventosa, en una pecera,  los de tornillo, en un frasco de cristal.

A la mañana siguiente,  los adormilados transeúntes fueron arremolinándose contra el cristal. Los metros transitaron vacíos, los ordenadores permanecieron apagados, los emoticonos tomaron las calles.

Mis existencias se agotaron.  Y otras, comenzaron a  brillar. 

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Desagravio

Se dirige a la jaula de los leones para demostrarle cuánto se equivoca. Pero la evidencia salta a la vista. La jaula está vacía. Las rejas intactas, el candado cerrado. Y de los tres leones, ni rastro. Comienza a temblar y sudar bajo su traje de domador.

– Lo mato, ¡que aparezca ese cabrón que lo mato!

El mago Tachino no se hace esperar. – ¿Cómo era aquello de que soy un farsante?

El domador intenta cogerlo del cuello, pero se queda con un conejo entre las manos.

–  Déjate de tonterías, Tachino. ¡Haz aparecer mis leones ya!

Tachino obedece. Los leones inmediatamente lo rodean. Fuera de la jaula. Y él sin su látigo.

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Mente abierta

Usted es el primero que la abre, ¿me permite mirar dentro? Asintió inclinando la cabeza para que quedara a la altura de mis ojos. No necesité hurgar en su pelo para ver. Cientos de imágenes se desplazaban raudas de un punto a otro de su mente. Palabras en moto, metáforas en globo, diálogos en paracaídas. Me hubiera gustado hurgar, meter un dedo y detener una frase a medio transitar para observarla con más detenimiento. Pero no me animé. El movimiento parecía obedecer a una perfecta coreografía. Dígame, ¿lee usted mucho? pregunté. Él asintió enfáticamente mientras su mundo oscilaba ante mí. Puede vestirse, eso lo explica todo, aseveré.

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Cuenta regresiva

Había escrito cien veces: te quiero. Noventa y nueve, te extraño. Noventa y ocho, ¿por qué te has ido? Noventa y siete, no puedo vivir sin ti. Noventa y seis, regresa ya. Noventa y cinco, te encontraré. Noventa y cuatro, mía o de nadie. Noventa y tres, eres una puta. Noventa y dos, no me hagas ir a por ti. Noventa y uno, te arrepentirás. Noventa, perdóname, no sé lo que digo si no estás aquí. Ella escribió una sola vez: es tu última oportunidad. Y regresó. Fue la última. Un mes después él escribía cien veces: no debiste provocarme. Justo antes de apretar el gatillo.

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Forastero

Entró en el bar de la estación y esperó a que los ojos se le acostumbraran a la penumbra. No le gustó lo que veía. Detrás de la barra, un calvo de vientre prominente dormitaba. En un rincón alejado, dos hombres manoseaban a una mujer entrada en años y en carnes. Atado a la reja trasera, un perro lo miraba expectante junto a su cuenco oxidado y vacío. No creyó necesario despertar al tabernero. Con cuatro limpios disparos desdibujó la escena. El perro no ladró, se limitó a mirarlo, cómplice. Salió del bar para esperar la llegada del siguiente autobús.