Usted es el primero que la abre, ¿me permite mirar dentro? Asintió inclinando la cabeza para que quedara a la altura de mis ojos. No necesité hurgar en su pelo para ver. Cientos de imágenes se desplazaban raudas de un punto a otro de su mente. Palabras en moto, metáforas en globo, diálogos en paracaídas. Me hubiera gustado hurgar, meter un dedo y detener una frase a medio transitar para observarla con más detenimiento. Pero no me animé. El movimiento parecía obedecer a una perfecta coreografía. Dígame, ¿lee usted mucho? pregunté. Él asintió enfáticamente mientras su mundo oscilaba ante mí. Puede vestirse, eso lo explica todo, aseveré.