Entró en el bar de la estación y esperó a que los ojos se le acostumbraran a la penumbra. No le gustó lo que veía. Detrás de la barra, un calvo de vientre prominente dormitaba. En un rincón alejado, dos hombres manoseaban a una mujer entrada en años y en carnes. Atado a la reja trasera, un perro lo miraba expectante junto a su cuenco oxidado y vacío. No creyó necesario despertar al tabernero. Con cuatro limpios disparos desdibujó la escena. El perro no ladró, se limitó a mirarlo, cómplice. Salió del bar para esperar la llegada del siguiente autobús.
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