Había escrito cien veces: te quiero. Noventa y nueve, te extraño. Noventa y ocho, ¿por qué te has ido? Noventa y siete, no puedo vivir sin ti. Noventa y seis, regresa ya. Noventa y cinco, te encontraré. Noventa y cuatro, mía o de nadie. Noventa y tres, eres una puta. Noventa y dos, no me hagas ir a por ti. Noventa y uno, te arrepentirás. Noventa, perdóname, no sé lo que digo si no estás aquí. Ella escribió una sola vez: es tu última oportunidad. Y regresó. Fue la última. Un mes después él escribía cien veces: no debiste provocarme. Justo antes de apretar el gatillo.
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