Otra versión

Otra versión

Inmediatamente pedí que cerraran la tapa del ataúd. El sol del mediodía entraba por las ventanas y el conde no estaba allí. No quise alarmar a la servidumbre, pero enseguida supe que algo malo ocurría. Empezaba a anochecer cuando lo encontré, más pálido que nunca y herido de vida a orillas del lago. La cabeza apoyada sobre el regazo de ella, que le acariciaba el cabello entonando una triste melodía. Él sonreía en una mueca esdrújula. El cuello blanco e intacto de ella me indicó que el conde había encontrado el anillo para su dedo. La noche cayó, los dejé solos. El conde, nunca más volvió al castillo.

Otra versión

Inaceptable

Inmediatamente pedí que cerraran la tapa del ataúd. No quiero que te vean sin tu sonrisa de leche y tu flequillo despeinado. Aunque, ese fantasma blanco no eres tú. Porque tú solo cierras los ojos para dormir, y nunca te duermes sin que yo te cuente el cuento de los patos. A los que llegan les explico que ha habido una confusión, que no has muerto. No me creen. Para demostrarlo, he venido a buscarte. Contaré hasta diez y cuando me gire, estarás jugando a los videojuegos, o robando galletas, o persiguiendo a Bigotes …. Venga… sal, cariño… Les mostraremos que ese, ese muñeco inmóvil, no eres tú.

Otra versión

De vuelta a casa

Sin saber por qué, le di un puñetazo y luego otro, y una patada en los riñones cuando, doblado en dos, se desplomó a mis pies. Cobarde, se protegía la cabeza. Era sencillo encontrar huecos donde encajar los puntapiés que le propinaba sin detenerme, ignorando cómo sabía combinar aquella secuencia de movimientos que no le daban respiro. Ya no recordaba por qué estábamos en la calzada, iluminados por los faros de nuestros coches, mientras los curiosos se arremolinaban intentando sin éxito, separarnos. Lo consiguió una voz llorosa que por suerte se coló en mi conciencia cuando la espiral me absorbía. – Papá…. Aparcamos en otro sitio, papá…. vámonos

Otra versión

Decepción

Había escrito cien veces: te quiero y otras cien lo había borrado. Cien veces había albergado las palabras entre la lengua y el paladar y otras tantas se las había tragado, la t y la q raspándole la tráquea. Cien veces la había acariciado en sueños, le había comprado flores que terminaba echando en contenedores, se había trepado a su balcón para bajar a trompicones cuando intuía su silueta detrás de las cortinas. Tal reverencial temor se deshizo en el aire la noche en que la descubrió desnuda y borracha en brazos de otro poeta. Desde entonces escribe compulsivamente. Ha dejado de creer en las musas.

Esta vez – Relato finalista en «Escríbeme una foto II»

Esta vez – Relato finalista en «Escríbeme una foto II»

El muñeco fue el primero en cerrar los ojos. Esperó hasta escuchar la respiración tibia y acompasada de su dueña indicándole que ella le había imitado, y los abrió. Miró a su alrededor intentando forzar el escaso ángulo que le otorgaba la posición en que la niña lo había colocado. Prácticamente ahogado entre sus dedos laxos y regordetes, aguzó el oído intentando asegurarse. Estaban solos. Se puso de pie y echó la llave en la cerradura. Esta vez no se quedaría a medias cuando la niña empezara a gritar.

Otra versión

Sacrificio

Recluida en el pozo seco, pronto se callará. Las demás lo han hecho, será cuestión de pocos días, dice. No puedo soportar sus gritos. Es una niña, padre. Apenas una niña. Él me mira condescendiente y no responde. Desde el púlpito nos exige que recemos. Así salvaremos las almas de nuestras niñas. E impediremos que sufran más. El hambre es muy dura, repite. Les evitaremos más dolor.
Rezo con fuerzas esa oración que nos enseñó. No entiendo lo que digo. Sigo escuchando el llanto. Deseo bajar a morir con ella. Pero el pozo es estrecho y hay que tener las caderas muy delgadas para poder entrar en él.