Había escrito cien veces: te quiero. Ella le había pedido tantas veces que se lo dijera… Prefirió, como prueba irrefutable, ponerlo por escrito. Al principio ella se había quejado. Siempre encontraba motivo para quejarse. Pero la décima novena vez que empezó a dibujar la T con el estilete, ella abandonó los lamentos en que se habían convertidos sus gritos iniciales. Terminada su obra, se alejó para contemplarla orgulloso. Desde las pantorrillas, exquisitos regueros de sangre descendían para difuminarse en la sábana blanca. La piel de espalda, glúteos, y nuca, conformaban un simétrico diseño en tonos de rojo, bordó y ocre. Sin desatarla, se alejó en silencio.