Se dirige a la jaula de los leones para demostrarle cuánto se equivoca. Pero la evidencia salta a la vista. La jaula está vacía. Las rejas intactas, el candado cerrado. Y de los tres leones, ni rastro. Comienza a temblar y sudar bajo su traje de domador.

– Lo mato, ¡que aparezca ese cabrón que lo mato!

El mago Tachino no se hace esperar. – ¿Cómo era aquello de que soy un farsante?

El domador intenta cogerlo del cuello, pero se queda con un conejo entre las manos.

–  Déjate de tonterías, Tachino. ¡Haz aparecer mis leones ya!

Tachino obedece. Los leones inmediatamente lo rodean. Fuera de la jaula. Y él sin su látigo.