Un cuento peligroso – Tercer premio en el IV Concurso Fundación Camilo José Cela

Un cuento peligroso – Tercer premio en el IV Concurso Fundación Camilo José Cela

El viajero está echado, boca arriba, sobre una chaise-longue forrada de cretona. Si no fuera por el hueco en su frente y el hilillo de sangre que desciende por la comisura de su boca, se diría que está dormido.  Pero no es educado dormir en sitios públicos. Y sin duda nuestro viajero, es todo un caballero. Lo demuestran el brillo de sus zapatos, la nitidez de la raya de su pantalón Príncipe de Gales, el blanco inmaculado de su camisa.

Son sus manos de uñas refinadas y prolijas, las que sostienen el papel sobre el pecho que no sube y baja acompasadamente como cabría esperar si nuestra primera suposición, el viajero está dormido, fuera correcta.

El sobre desgarrado indica que el papel que sostiene, es una carta. Una revelación, suponemos.  Tal vez el motivo por el que el hombre de traje negro y pelo recortado, le ha disparado.

Delante de la figura oscura que permanece de espaldas, adivinamos sus brazos extendidos sosteniendo el arma apuntada aún hacia nuestro viajero, que como es de esperar, sigue echado boca arriba en la chaise-longue forrada de cretona.

Deberíamos (vosotros y yo) abandonar la escena. El hombre de traje negro parece haber percibido nuestra presencia y gira con los brazos aún extendidos. Yo ya lo he hecho. Confío en que gracias a vuestros buenos reflejos, vosotros también.

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Backup

Todo estaba dibujado en la pequeña libreta gris que llevaba en el bolsillo de su pantalón. Desde que se había extraviado regresando a casa, todos lo trataban como si fuera tonto. O sordo. El diagnóstico médico no ayudaba: su memoria se diluía. Como el estampado de una tela vieja. Pero él aún podía rellenar los huecos. No era tonto, no era sordo. Escuchaba lo que murmuraban a sus espaldas y dibujaba. Las caras de nietos, hijos, hermanos, amigos, detallando nombres y parentescos. La libreta era su salvavidas, le permitiría seguir siendo él en el futuro. A veces lloraba a solas. Cuando entendía que algún día no podría ni siquiera recordar que la llevaba en el bolsillo.

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Otro cuento de hadas

Seguía atrapado allí dentro, ella lo sabía. También conocía la forma de contener al monstruo e impedir que saliera. No darle motivos, tenerlo todo impecable cuando regresaba de batallar… sus banquetes preferidos, sonreír lo justo, evitando que él sospechara razones fuera de castillo para hacerlo. Peinarse el cabello lánguidamente, consultarle si sus vestidos eran apropiados.

El monstruo estaba atrapado dentro de su príncipe azul. Pero ella sabía manejarlo. Sin embargo, un día erró en algo sin saber en qué. Por eso se sintió culpable cuando el monstruo volvió para encerrarla en la torre más alta, magullada, aterrorizada. Una torpeza que no volvería a cometer.

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Trastos

El incómodo cadáver del mediador familiar había ido a parar al balcón. Al principio estuvo en la sala, sobre la alfombra que trajimos de México, justo donde se había desplomado. Allí estorbaba cuando hubo que reemplazar la moqueta. Mamá se enfadó y  obligó a papá a colocarlo en la bañera. Hasta que tocó día de baño, y allí estaba mirando el techo. A sentarlo a la mesa de la cocina. Entonces, mamá dijo que no tenía dónde apoyar las fuentes cuando encendía el horno.

Ahora que papá lo ha puesto en el balcón, no podemos regar la albahaca, pero da igual, está casi marchita desde que en su tiesto enterramos a la abuela.

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Sordera momentánea

A cada vuelta del tambor de la lavadora, un alarido proveniente del baño.

– ¡El agua!  – son las palabras que retumban a través de los azulejos. Ella no hace caso. Sabe que cuando la lavadora empieza a llenarse, la ducha se convierte en un hilillo que no calienta, ni enjuaga, pero quema en cualquier punto de la piel en el que logre acertar. Y a continuación, cuando se detenga, como él habrá abierto el grifo del agua fría a tope, quedará cianótico debajo de un chorro contundente de estalactitas heladas.

Sonríe con secreta satisfacción. La marca de rouge en el cuello de la camisa, ha quedado vengada.

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Ciclo de lavado

A cada vuelta del tambor de la lavadora,  enjuga una lágrima. Está sentada en la cocina, las manos heladas, la mirada perdida en la maraña giratoria de camisetas y pantalones. Sus dedos conservan el frío del hielo que, envuelto en un paño, ha mantenido hasta hace un momento sujeto contra la cabeza. Sabe que el ojo habrá empezado a amoratarse. Como también sabe que él regresará pronto. Que abrirá la puerta con tanta suavidad como violencia empleara para cerrarla. Traerá flores o chocolates. Y las palabras “última vez” envueltas para regalo.

La lavadora se detiene. Ella detiene su llanto. El sonido suave en la entrada, confirma sus predicciones.