Todo estaba dibujado en la pequeña libreta gris que llevaba en el bolsillo de su pantalón. Desde que se había extraviado regresando a casa, todos lo trataban como si fuera tonto. O sordo. El diagnóstico médico no ayudaba: su memoria se diluía. Como el estampado de una tela vieja. Pero él aún podía rellenar los huecos. No era tonto, no era sordo. Escuchaba lo que murmuraban a sus espaldas y dibujaba. Las caras de nietos, hijos, hermanos, amigos, detallando nombres y parentescos. La libreta era su salvavidas, le permitiría seguir siendo él en el futuro. A veces lloraba a solas. Cuando entendía que algún día no podría ni siquiera recordar que la llevaba en el bolsillo.
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