A cada vuelta del tambor de la lavadora, un alarido proveniente del baño.
– ¡El agua! – son las palabras que retumban a través de los azulejos. Ella no hace caso. Sabe que cuando la lavadora empieza a llenarse, la ducha se convierte en un hilillo que no calienta, ni enjuaga, pero quema en cualquier punto de la piel en el que logre acertar. Y a continuación, cuando se detenga, como él habrá abierto el grifo del agua fría a tope, quedará cianótico debajo de un chorro contundente de estalactitas heladas.
Sonríe con secreta satisfacción. La marca de rouge en el cuello de la camisa, ha quedado vengada.
