El incómodo cadáver del mediador familiar había ido a parar al balcón. Al principio estuvo en la sala, sobre la alfombra que trajimos de México, justo donde se había desplomado. Allí estorbaba cuando hubo que reemplazar la moqueta. Mamá se enfadó y  obligó a papá a colocarlo en la bañera. Hasta que tocó día de baño, y allí estaba mirando el techo. A sentarlo a la mesa de la cocina. Entonces, mamá dijo que no tenía dónde apoyar las fuentes cuando encendía el horno.

Ahora que papá lo ha puesto en el balcón, no podemos regar la albahaca, pero da igual, está casi marchita desde que en su tiesto enterramos a la abuela.