El viajero está echado, boca arriba, sobre una chaise-longue forrada de cretona. Si no fuera por el hueco en su frente y el hilillo de sangre que desciende por la comisura de su boca, se diría que está dormido.  Pero no es educado dormir en sitios públicos. Y sin duda nuestro viajero, es todo un caballero. Lo demuestran el brillo de sus zapatos, la nitidez de la raya de su pantalón Príncipe de Gales, el blanco inmaculado de su camisa.

Son sus manos de uñas refinadas y prolijas, las que sostienen el papel sobre el pecho que no sube y baja acompasadamente como cabría esperar si nuestra primera suposición, el viajero está dormido, fuera correcta.

El sobre desgarrado indica que el papel que sostiene, es una carta. Una revelación, suponemos.  Tal vez el motivo por el que el hombre de traje negro y pelo recortado, le ha disparado.

Delante de la figura oscura que permanece de espaldas, adivinamos sus brazos extendidos sosteniendo el arma apuntada aún hacia nuestro viajero, que como es de esperar, sigue echado boca arriba en la chaise-longue forrada de cretona.

Deberíamos (vosotros y yo) abandonar la escena. El hombre de traje negro parece haber percibido nuestra presencia y gira con los brazos aún extendidos. Yo ya lo he hecho. Confío en que gracias a vuestros buenos reflejos, vosotros también.