por pcollazo | Oct 9, 2015 | En pocas palabras
El puñetero ojo de la cerradura estaba bloqueado, o contra todo pronóstico, la viga en el mío era de pronto visible. Mis ojos no veían, pero mi corazón seguía sintiendo igual. No recordaba haber criado cuervos, ni siquiera haberles echado unas pocas migajas de pan. Sin embargo, me descubría de pronto tuerto de un oído y ciego de ambos pies,
Ella acababa de girar la esquina arrastrando su maleta de ruedas y el mundo se había nublado en si bemoles de gris. Se llevaba consigo sus eternas frases hechas de las que tanto se burlara mi alma de escritor. Y junto con ellas, todas mis frases por hacer.
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por pcollazo | Oct 9, 2015 | En pocas palabras
El puñetero ojo de la cerradura estaba bloqueado, dijo mi padre al regresar.
– ¿Tú eres tonto? – chilló mamá – ¡Ese tío la está matando a golpes!
Yo me olvidé del uno que me estaba llevando cuando mi padre se sentó a mi lado. Mamá salió de la cocina, tenedor en mano, y lo miró como cuando me descubre en una mentira.
Mi padre me echó una mirada suplicante. – Necesito ayuda con las cuentas, má… – pronuncié lastimeramente. Y mi padre respiró aliviado,
– Cobarde– refunfuñó ella. La escuchamos aporrear la puerta del vecino hasta cansarse. Luego, como cada tarde, regresó cabizbaja enjugándose las lágrimas en el delantal.
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por pcollazo | Oct 9, 2015 | En pocas palabras
Cuando mi abuela saca las fotos antiguas del armario de arriba, todos nos reunimos alrededor de la mesa grande.
Están dentro de una desvencijada maleta de cartón duro que hay que desempolvar. Cuando la abre, un olor rancio y a la vez dulce se nos filtra en la nariz.
– Nadie toca, ya sabéis- dice. Y va sacando álbumes, sobres, fotos sueltas, mientras golpea alguna mano curiosa que quiere anticiparse.
Nuestras preferidas son las de la Pechorona, una exuberante mujer cuya relación con nuestro árbol genealógico nunca nos ha quedado muy clara. Pero la abuela siempre deja sus fotos para el final. Primero hay que mirar las de su boda, las de las bodas de sus hermanas, las de no sé cuántos bautizos y comuniones.
No voy a negar que son divertidas, porque con sólo ver las pintas y los disfraces que usaban en esas épocas, ya nos da la risa tonta. Hay que ver los bigotazos que lucían los caballeros. Por no mencionar los de las damas, que tampoco se quedaban atrás. Y esas niñas recargadas de moños y puntillas. Y esos niños almidonados, siempre con pantalones cortos.
Tampoco puedes evitar escuchar sus historias de siempre, que ha ido modificando y haciendo más dramáticas con el tiempo. La abuela se enjuga alguna lágrima con los dedos tiznados y su cara empieza a parecerse a la de un minero.
Esperamos pacientes, conteniendo el impulso de sacar el último sobre, porque sabemos por experiencia que podríamos echarlo todo a perder. La abuela podría enfadarse, guardarlo todo y adiós Pechorona, hasta la próxima lejana tarde de lluvia.
Al fin llega el momento. La abuela abre el sobre azul en el que se lee una única palabra escrita con una elegante letra cursiva: “Ella”.
Y entonces aparece la Pechorona, vestida con unos modelos que nada tienen que ver con los del resto de las fotografías. Más bien parece ropa moderna fotografiada en sepia. Y es su expresión, su enigmática sonrisa, su delantera prominente, a la que atribuimos su mote, lo que nos cautiva.
La Pechorona posa en un balcón, acomodo su sinuosa silueta sobre un chaise longe o se mira en un espejo en el que no es su reflejo el que aparece.
Sabemos que es inútil intentar sonsacarle a la abuela cualquier dato, cualquier esbozo de historia, cualquier pista que nos conduzca a entender quien fue la Pechorona y por qué comparte la maleta de los recuerdos de mi abuela.
Ella observa las fotos con una mezcla de nostalgia y vergüenza. Alguna vez creo percibir un atisbo casi masculino en su mirada, y no lo puedo entender.
Cuando empezamos a acribillarla a preguntas, dice que es la hora de la merienda y que hay que despejar la mesa. Guarda las fotos de la Pechorona con más cuidado y delicadeza que todas las demás. Enjuga más lágrimas de las que ha enjugado mirando todas las otras fotos, y nos deja con las dudas flotando ante las narices, mezcladas con el olor rancio del pasado.
Dentro de la maleta de cartón vuelve a confinarse el misterio de una mujer cuyo reflejo se ha desvanecido del espejo pero no de la mente de mi abuela. Inaccesible en ambos casos.
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por pcollazo | Sep 26, 2015 | En pocas palabras, Premiados
Sus zapatillas huelen a adolescente. Sin previo aviso, ha comenzado a peinarse con gel, y mis besos son ineludibles castigos por los que hay que pasar. El teléfono móvil es una extensión de su mano derecha. Y su vocabulario se ha plagado de monosílabos. Pero lo peor es que ha dejado de necesitar mis cuentos a la orilla del sueño. Que de pronto le gustan el helado de coco, las aceitunas verdes y las canciones en inglés.
Guardo sus peluches olvidados en una bolsa negra. Eso apenas hace mella en el desorden de su cuarto. Por ahora, no lo notará.
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por pcollazo | Sep 11, 2015 | En pocas palabras
Al abrir el contenedor se dio cuenta de que estaba empezando a olvidar el nombre de las cosas. No supo cómo llamar lo que encontró dentro. El transporte que estaban descargando traía mercancías, motores, maquinarias. Pero el amasijo de cuerpos ovillados y vencidos que halló, no se correspondía con ningún término de su vocabulario.
Presión migratoria, crisis de refugiados, emergencia humanitaria. Eufemismos, que como todos, había escuchado y aceptado como parte de una realidad ajena, lejana.
El olor nauseabundo alcanzó su estómago obligándolo a vomitar. Juntó fuerzas para volver a mirar en el interior. Las palabras no le salían. No sabía cómo llamar aquello.
– ¡Gente! – gritó al fin alertando a sus compañeros. – ¡Ayudadme! ¡Aquí hay gente!
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por pcollazo | Sep 11, 2015 | En pocas palabras
Al abrir el contenedor se dio cuenta de que estaba empezando a olvidar el nombre de las cosas Y hasta sus apellidos, pensó satisfecho. Uno a uno fue arrojando sus diccionarios, sus tratados de morfología, las enciclopedias de sinónimos. Desde abajo, observó la ventana iluminada del salón de su casa. Pero no supo cómo se llamaba aquel rectángulo brillante en la oscuridad. Subió por las arrugas de la escalera y giró el artefacto metálico que llevaba en el extremo de su (¿cómo se decía brazo?) en el hueco dentado.
La impecable lámina de celulosa lo esperaba sobre el mueble de cuatro patas cuyo nombre era incapaz de recordar. Al fin, libre de prejuicios léxicos, se sentó a escribir.
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