El puñetero ojo de la cerradura estaba bloqueado, dijo mi padre al regresar.

– ¿Tú eres tonto? – chilló mamá – ¡Ese tío la está matando a golpes!

Yo me olvidé del uno que me estaba llevando cuando mi padre se sentó a mi lado. Mamá salió de la cocina, tenedor en mano, y lo miró como cuando me descubre en una mentira.

Mi padre me echó una mirada suplicante. – Necesito ayuda con las cuentas, má… – pronuncié lastimeramente. Y mi padre respiró aliviado,

– Cobarde– refunfuñó ella. La escuchamos aporrear la puerta del vecino hasta cansarse. Luego, como cada tarde, regresó cabizbaja enjugándose las lágrimas en el delantal.