Cuando mi abuela saca las fotos antiguas del armario de arriba, todos nos reunimos alrededor de la mesa grande.

Están dentro de una desvencijada maleta de cartón duro que hay que desempolvar. Cuando la abre, un olor rancio y a la vez dulce se nos filtra en la nariz.

– Nadie toca, ya sabéis- dice. Y va sacando álbumes, sobres, fotos sueltas, mientras golpea alguna mano curiosa que quiere anticiparse.

Nuestras preferidas son las de la Pechorona, una exuberante mujer cuya relación  con nuestro árbol genealógico nunca nos ha quedado muy clara. Pero la abuela siempre deja sus fotos para el final. Primero hay que mirar las de su boda, las de las bodas de sus hermanas, las de no sé cuántos bautizos y comuniones.

No voy a negar que son divertidas, porque con sólo ver las pintas y los disfraces que usaban en esas épocas, ya nos da la risa tonta. Hay que ver los bigotazos que lucían los caballeros. Por no mencionar los de las damas, que tampoco se quedaban atrás. Y esas niñas recargadas de moños y puntillas. Y esos niños almidonados, siempre con pantalones cortos.

Tampoco puedes evitar escuchar sus historias de siempre,  que ha ido modificando y haciendo más dramáticas con el tiempo. La abuela se enjuga alguna lágrima con los dedos tiznados y su cara empieza a parecerse a la de un minero.

Esperamos pacientes, conteniendo el impulso de sacar el último sobre, porque sabemos por experiencia que podríamos echarlo todo a perder. La abuela podría enfadarse, guardarlo todo y adiós Pechorona, hasta la próxima lejana tarde de lluvia.

Al fin llega el momento. La abuela abre el sobre azul en el que se lee una única palabra escrita con una elegante letra cursiva: “Ella”.

Y entonces aparece la Pechorona, vestida con unos modelos que nada tienen que ver con los del resto de las fotografías. Más bien parece ropa moderna fotografiada en sepia. Y es su expresión, su enigmática sonrisa, su delantera prominente, a la que atribuimos su mote, lo que nos cautiva.

La Pechorona posa en un balcón, acomodo su sinuosa silueta sobre un chaise longe o se mira en un espejo en el que no es su reflejo el que aparece.

Sabemos que es inútil intentar sonsacarle a la abuela cualquier dato, cualquier esbozo de historia, cualquier pista que nos conduzca a entender quien fue la Pechorona y por qué comparte la maleta de los recuerdos de mi abuela.

Ella observa las fotos con una mezcla de nostalgia y vergüenza. Alguna vez creo percibir un atisbo casi masculino en su mirada, y no lo puedo entender.

Cuando empezamos a acribillarla a preguntas, dice que es la hora de la merienda y que hay que despejar la mesa. Guarda las fotos de la Pechorona con más cuidado y delicadeza que todas las demás. Enjuga más lágrimas de las que ha enjugado mirando todas las otras fotos, y nos deja con las dudas flotando ante las narices, mezcladas con el olor rancio del pasado.

Dentro de la maleta de cartón vuelve a confinarse el misterio de una mujer cuyo reflejo se ha desvanecido del espejo pero no de la mente de mi abuela. Inaccesible en ambos casos.

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