Habilidades bucales

Habilidades bucales

– ¿Y lo que sabe hacer con la boca? Ni te imaginas, tío… ¡La Lore es lo más!

– No… te lo estás inventando. ¿De verdad te lo hizo?

Escuchaba a mi hermano hablar con su amigo David. En cuanto David llegó se habían encerrado en nuestro cuarto sin permitirme entrar. Tenemos que estudiar, dijo Sebas, y me cerró la puerta en la nariz.

Eso ya era raro, porque por más que tuvieran que estudiar, nunca lo hacían sin antes echarse una partidita al FIFA, y en general me dejaban jugar con ellos para poderme echar la culpa si perdían.

– ¡Cuenta, tío, cuenta! – rogaba David.

Me imaginaba que mi hermano se estaba haciendo el interesante como cuando quiere que le ruegues para que te cuente algo.

– Pues, eso. Que la tía tiene una lengua… y cómo sabe manejarla. Y los labios… y hasta usa un poquito los dientes, no te creas.  Pero lo hace tan perfecto que no pasa nada aunque muerda. Al contrario… Te pone a mil y después y después…

Yo cada vez acercaba más la oreja a la puerta, pero cada vez escuchaba menos. El fenómeno se debía a que mi madre me estaba arrastrando sostenido de la oreja opuesta hasta la cocina.

– ¿Qué te he dicho de espiar a tu hermano? – recriminó sin soltar mi oreja.

– ¿Má, qué sabe hacer la Lore con la boca?

Mi madre me soltó, extrañada ante mi pregunta.

– Pues lo que todo el mundo, supongo. Comer, hablar, mascar chicle, que es lo que hace todo el día…

La Lore es una especie de niñera que queda en casa cuando mamá viaja por trabajo. Bueno, lo es para mí, porque hace rato que Sebas afirma no necesitar niñera y se llena la boca diciendo que la Lore es simplemente una amiga de la familia. Una amiga a la que mi madre paga por sus visitas, claro.

– ¿Por qué preguntas eso, cariño? – dijo mi madre condescendiente, agachándose y poniendo sus ojos a la altura de los míos. Eso lo hace cuando quiere sonsacarme algún secreto de mi hermano. Por lo que este tema de las habilidades de la Lore con su boca, debía ser importante.

– Nada, má…. Algo que se me ocurrió… como siempre masca chicle….

Así me saqué se encima el interrogatorio que me estaba por caer y de paso me gané una buena carta para jugarle a mi hermano.

Esa misma noche, se la canjeé por toda su colección de cartas Pokémon, que llevaba años guardando sin acceder a regalármela, ni a mostrármela siquiera. Más de trescientas, con expansiones de todas las épocas.

A cambio juré que no hablaría con mamá ni con nadie acerca de la boca de la Lore, ni de su lengua y sobre todo de lo que sabe hacer con ella. Un trato evidentemente ventajoso para mí. Tanto lío por no comentar que la Lore sabe hacer unos globos gigantes si se mete tres chicles juntos en la boca… ¡Como si no me lo hubiera mostrado cantidad de veces!

 

Escrito para los Viernes Creativos. Fotografía de Jaya Nicely.

Visitas

Visitas

Vuelven a hacerse invisibles cuando vienen sus amigos de visita. Mamá barre los gritos bajo la alfombra. Papá guarda su malhumor en un cajón. Todo es como antes de que apareciera en sus discusiones la fulana esa (así la llama mamá).

Mientras hay visitas, no la mencionan. Sonríen y beben tan contentos.

Al quedarnos solos, las discusiones retornan. Esta vez, parece que la fulana, ha tenido la osadía de venir a casa. Será invisible, porque yo no la he visto. Quienes vinieron fueron los de siempre.

Me han mandado a dormir. Como si pudiera…. ¿Y si la fulana se ha escondido bajo mi cama?

Visitas

Existencias preferentes

Vuelven a hacerse invisibles emprendiendo viajes a ciudades lejanas donde sus rostros no hayan aparecido en las noticias. Para combatir el estrés, esquían, o se zambullen en el océano transparente desde un yate, Acompañan a sus mujeres a recorrer tiendas de lujo para compensar tantos sinsabores.

Luego, cuando toca declarar, regresan. Esquivan cámaras y micrófonos, aducen herencias millonarias, suerte en el azar, o intuición empresarial. Si hace falta, amenazan con tirar de una manta tejida con papeles y sobres.

Soportan que antiguos amigos saquen las manos del fuego y que unos viejecitos los persigan insultándoles. Agobiados, emprenden otro viaje y vuelven a ser invisibles.

Visitas

Lealtad

Abro con mi antigua llave. Arturo, con su hedionda bata de seda, ojea un periódico amarillento. Edelmira, teje la misma eterna bufanda. El olor es nauseabundo.

Sólo conservan dos sillones orejeros. Nada del viejo esplendor: antigüedades,  cuadros,  tapices.

– Empieza por la cocina – ordena ella.

Mato cucarachas, vacío el fregadero, saco basura. Dejo a mano los tuppers que traigo. No hay nevera, ni electricidad.

– Coge tu paga del bargueño – dice él cuando anuncio que terminé. Paso por alto que no hay bargueño, ni dinero. Cierro la puerta con el pecho anudado, preguntándome si la siguiente semana, aún estarán allí.

Visitas

En dos dimensiones – Primer premio XII Concurso Relatos Cortos «Luis Del Val»

Le faltarán, al menos, un par de centímetros para alcanzar la barra del trapecio y cinco o seis para rozar la estabilidad del rectángulo, la perfección del cuadrado. Enamorado sin remedio de la elegancia simétrica de la elipse, se mira en el espejo del eje Y.

Intenta reacomodar un ángulo para que parezca más recto, un lado para que se vea más largo. Resignado, la ve pasar por el plano sin atreverse a entablar conversación. La elipse se le acerca: – Qué delgado se te ve –pronuncia con ondulante voz. Él apenas le sonríe, sonrojándose tontamente. Ella se aleja despacio, pensando que la fascinante singularidad  de los polígonos irregulares, está fuera de su alcance.

Vaticinios

Vaticinios

Mi hermana Lola, siempre fue la más guapa de las dos. No tiene sentido negarlo. En las navideñas reuniones familiares, amenizábamos las inevitables discusiones entre cuñados, primos, consuegros, con nuestras actuaciones. Ella siempre era la estrella y yo, simplemente la acompañaba, le daba el pie, hacía que se luciera exagerando mi papel de tonta. A mí no me importaba. Los aplausos se repartían a partes iguales porque siempre saludábamos ante el público a dúo.

La última vez que montamos nuestro espectáculo tendríamos unos diez o doce años. Al año siguiente murieron dos de mis abuelos, los tíos de Navarra se separaron, mi prima Gracia se quedó encinta y se suspendieron las reuniones navideñas. Creo, que aunque no se hubieran sucedido todas esas desgracias, las reuniones habrían desaparecido de todos modos. Es que nuestra última actuación no resultó ser un buen colofón de tan corta carrera artística.

Durante la última escena, yo, disfrazada de chico (siempre me tocaba a mi ser el chico) tenía que ponerle en el dedo anular una alianza, que dado nuestro escueto presupuesto en utilería, estaba fabricado con el alambre proveniente de una de la botellas de cava que los mayores abrían con tanta asiduidad por esas fechas.

Algo salió mal, el anillo resbaló con cierta dificultad por su dedo, pero imbuida en mi papel como estaba, insistí e insistí hasta que llego al final del dedo. Y allí se quedó. Ese fue el problema. Una vez que había entrado, el dedo de mi hermana parecía haber aumentado de  volumen de forma desproporcionada. Hubo que suspender la función.

El publico en pleno, se volcó con la protagonista que chillaba como si le hubiera clavado una daga en el corazón. Me quitaron de en medio y lo intentaron todo. Jabón, vela, miel…. El anillo no salía. El dedo estaba hinchado, como si mi hermana soplara desde dentro para hacer más espectacular el incidente. Nadie se animaba a usar un alicate para cortarlo. Sospecho que tampoco hubiera alguien lo suficientemente sobrio como para poder  hacerlo.

En resumen: la familia terminó en urgencias, yo castigada en casa con mi abuela de carcelera (si conocierais a mi abuela entenderíais lo desproporcionado de la condena).

Mi hermana volvió horas después con varias puntadas en su dedo anular, llorosa y recibiendo mimos y atenciones de todo el mundo. No me habló durante tres meses y cuando lo hizo fue para decirme que estaba segura de que lo había hecho adrede por lo mucho que la envidiaba.  Yo me reí, y claro, lo tomó a mal. Seré más fea o más tonta, pero cuando quiero lastimar a alguien, tengo mucha habilidad. Le dije entonces que nunca se casaría, porque nadie querría ponerle una alianza en ese engendro de dedo lleno de cicatrices que le había quedado.

Lloró durante semanas. Lo de casarse era muy importante en mi familia. Sobre todo para mi madre. Si se lo llegas a decir a mamá, te mato, me amenazó. No quería que mi madre dejara de quererla y se volcara en buscarme el hombre adecuado a mí, si con ella ya no había nada que hacer.

Han pasado veinte años desde entonces. Mi vaticinio se cumplió. Lola no se casó. Yo sí. Ella usa su dedo engendro para tocar el piano. Se ha convertido en una gran concertista.  Yo uso mi dedo intacto para ponerme hielo en los magullones de la cara y del alma.

El riesgo de hacer vaticinios cuando se es demasiado joven como para creer en que se cumplirán.

 

Escrito para los Viernes Creativos. Fotografía de Elena Helfrecht