Sus zapatillas huelen a adolescente. Sin previo aviso, ha comenzado a peinarse con gel, y mis besos son ineludibles castigos por los que hay que pasar. El teléfono móvil es una extensión de su mano derecha. Y su vocabulario se ha plagado de monosílabos. Pero lo peor es que ha dejado de necesitar mis cuentos a la orilla del sueño. Que de pronto le gustan el helado de coco, las aceitunas verdes y  las canciones en inglés.

Guardo sus peluches olvidados en una bolsa negra. Eso apenas hace mella en el desorden de su cuarto. Por ahora, no lo notará.