El puñetero ojo de la cerradura estaba bloqueado, o contra todo pronóstico, la viga en el mío era de pronto visible. Mis ojos no veían, pero mi corazón seguía sintiendo igual. No recordaba haber criado cuervos, ni siquiera haberles echado unas pocas migajas de pan. Sin embargo, me descubría de pronto tuerto de un oído y ciego de ambos pies,

Ella acababa de girar la esquina arrastrando su maleta de ruedas y el mundo se había nublado en si bemoles de gris. Se llevaba consigo sus eternas frases hechas de las que tanto se burlara mi alma de escritor. Y junto con ellas, todas mis frases por hacer.