Al abrir el contenedor se dio cuenta de que estaba empezando a olvidar el nombre de las cosas Y hasta sus apellidos, pensó satisfecho. Uno a uno fue arrojando sus diccionarios, sus tratados de morfología, las enciclopedias de sinónimos. Desde abajo, observó la ventana iluminada del salón de su casa. Pero no supo cómo se llamaba aquel rectángulo brillante en la oscuridad. Subió por las arrugas de la escalera y giró el artefacto metálico que llevaba en el extremo de su (¿cómo se decía brazo?) en el hueco dentado.

La impecable lámina de celulosa lo esperaba sobre el mueble de cuatro patas cuyo nombre era incapaz de recordar. Al fin, libre de prejuicios léxicos, se sentó a escribir.