Al abrir el contenedor se dio cuenta de que estaba empezando a olvidar el nombre de las cosas Y hasta sus apellidos, pensó satisfecho. Uno a uno fue arrojando sus diccionarios, sus tratados de morfología, las enciclopedias de sinónimos. Desde abajo, observó la ventana iluminada del salón de su casa. Pero no supo cómo se llamaba aquel rectángulo brillante en la oscuridad. Subió por las arrugas de la escalera y giró el artefacto metálico que llevaba en el extremo de su (¿cómo se decía brazo?) en el hueco dentado.
La impecable lámina de celulosa lo esperaba sobre el mueble de cuatro patas cuyo nombre era incapaz de recordar. Al fin, libre de prejuicios léxicos, se sentó a escribir.

Otro buen intento patricia, muy liberador me gustó y algo surrealista jeje.Saludos
Gracias, Manuel. ¡Espero que nos encontremos mientras seguimos intentándolo!
Gran relato Patricia. Como dice el Maestro Montesinos, un ejercicio realmente liberador.
Me quedo por aquí con tu permiso, que hay buen ambiente y mejores letras.
Un saludo.
¡Muchas gracias, Alfonso!Claro que tienes mi permiso, y estás invitado.
Un abrazo.
Me alegra mucho haber encontrado tu blog Patricia. Por aquí me quedo también si me dejas. Un saludo y suerte con el siguiente 🙂
Gracias, Juan Antonio. ¡Un gustazo tenerte por aquí!