Hermanos – Finalista IV Concurso Madrid Salud Prevención del Sida

Hermanos – Finalista IV Concurso Madrid Salud Prevención del Sida

– Nacho… ¿por qué es tan importante usar preservativo?

El rostro de Nacho pasa por diversos colores antes de hablar.

– Pregúntale a papá. Eres muy pequeño y yo no sé…

– ¡Tengo 10! – protesto – Y ya sé que sirve para prevenir el Sida y todo eso. Y sé dónde se coloca – digo sabiondo.

– ¿Entonces? Si ya sabes.

– Lo he intentado, pero me va grande… ¿Me crecerá de mayor?

Nacho ríe.

–  Siéntate, será mejor que te lo explique.

Sabía que podía contar con él. Nacho es mi único hermano. Y el mejor.

Runner

Runner

Odio que me revuelvan la cama. Yo soy de dormir con las sábanas bien estiraditas. Así como me acomodo, así permanezco toda la noche. Ni una vuelta doy. Con deciros, que cuando me levanto, la cama no parece haber sido usada en absoluto.

Por eso no entiendo que cada día amanezco en un revoltijo de sábanas arrugadas, edredones revueltos, almohadas en paradero desconocido, y el pelo de punta, como si hubiera visto un fantasma.

No, no es que tenga pesadillas, las recordaría. Tampoco es que me levante sonámbulo, nunca lo he sido. Tanto me ha intrigado este fenómeno, que la última noche, he puesto a funcionar mi cámara de vídeo y la dejé grabando toda la noche.

Hoy, después de despertarme, lo primero que he hecho ha sido visionar el video, claro. Una, dos, tres, veces.

Es cierto que lo he hecho a velocidad para poder revisar las ocho horas de sueño. Pues nada. Os puedo asegurar que lo único que se ve, es un señor (yo mismo) durmiendo boca arriba, con la sábana y el edredón hasta la barbilla y el pecho subiendo y bajando acompasadamente.

Inexplicable ¿no?  Eso mismo me he dicho, y de inmediato he pedido cita con un psicólogo, ¿o debería acudir a un psicoanalista? No lo sé. Por las dudas he pedido citas con los dos.

Pero como sé que no acudiré, porque si hay algo que de verdad odio, es salir a la calle, para no forzarme a pensar en el asunto, ni contestar las llamadas de mi hermana insistiendo en que debo consultar a un médico de locos o algo así, me he puesto la ropa de deporte.

Entonces, perfectamente preparado, he salido a correr mis quince kilómetros diarios por la cama, como hago todas las mañanas. Porque, como os decía, si hay algo que de verdad odio, es salir a la calle.

 

Escrito para los Viernes Creativos . Sobre una fotografía de Alyssa Monks.

Hermanos – Finalista IV Concurso Madrid Salud Prevención del Sida

Auténtico terror – Finalista semanal en Relatos en Cadena

Abandonan, primero uno y luego el otro, la habitación del hotel. Los huéspedes están dormidos. Toca deambular por los pasillos. Camuflarse. Salir al paso de algún desprevenido convertidos en una niña de camisón y rostro blanco, osito colgando, pelo negro y enmarañado. Algunos llegan tan borrachos que ni se enteran. Otros tan ensimismados en sus acompañantes que no perciben las luces titubeantes, ni el aire gélido. Las noches son aburridas y eternas. Pero si una huésped solitaria traba la puerta con dos vueltas y cierra las persianas, hay juego. Se cuelan prestos en su habitación. Hasta que mirando sobre su hombro, descubren que escribe una historia de fantasmas. Entonces, huyen despavoridos.

Reparto de tareas

Reparto de tareas

Cuando mamá se iba a Pilates, nos quedábamos con papá. Era una pena que sólo fuera una vez a la semana, porque la verdad es que con él nos lo pasábamos genial. Nos cocinaba macarrones o hamburguesas. Y a veces ¡nos hacía pizza! Hasta que un día se la olvidó en el horno y tuvieron que venir los bomberos porque el humo salía por la ventana y los vecinos se asustaron.

Nosotros no nos habíamos dado cuenta porque estábamos jugando a guerra de almohadas en el cuarto de mis padres. Los dos estábamos en calzoncillos, cosa que estaba terminantemente prohibida en casa. Mamá no permitía que transitáramos semidesnudos por la casa. Decía que era indecoroso, y poco apropiado exhibirse así delante de una niña. Mi hermana tenía apenas cuatro meses y no creo que se sonrojara por vernos en ropa interior, pero cuando mi madre fija una norma, vete a intentar hacerla cambiar de opinión.

No nos vayamos por las ramas. Aquella tarde papá puso a calentar la pizza y volvió al cuarto para terminar lo que teníamos por la mitad. Yo había aprovechado la interrupción para pertrecharme con una buena cantidad de municiones. Y en cuanto entró al cuarto empecé a disparar como una ametralladora, muerto de risa. Él cogía almohadas y almohadones al vuelo y los iba acumulando a modo de trinchera. Falta de estrategia por mi parte, pronto me quedé sin armamento, y él comenzó a reír como un villano de esos que quieren dominar el mundo. Entonces no tuve más remedio, cogí a mi hermana que estaba recostada en la cama entretenida mordiéndose el pie derecho (una de sus actividades preferidas) y se la arrojé.

Mi estrategia funcionó: cogí al enemigo desprevenido. Laurita (Laurita es mi hermana) pasó justo por su lado y su trinchera de almohadas quedó destruida, cuando mi padre se estiró intentando cogerla. Como un portero en una parada espectacular la cogió en el aire aunque ya había atravesado la ventana.

Al principio pensé que la estaba zarandeando como hace siempre para hacerla reír, por eso no me pareció raro que estuviese con medio cuerpo colgando hacia afuera, y los pies descalzos en el aire.

Aproveché su distracción para volver a pertrecharme. Pero al rato, como no volvía, empecé a decirle que me aburría.

Llamaron al telefonillo, yo fui atender pensando que sería mamá, y lo era.

– ¡Cariño! ¡Gracias a Dios! ¿Estáis bien? Los bomberos no me permiten subir…. ¿qué pasa en la cocina? ¡Sale mucho humo!

Miré hacia el final del pasillo y percibí la niebla que empezaba a inundarlo todo

– ¡Estamos perfecto!

– Dile a papá que se ponga… que coja a la niña  y salgan de ahí de inmediato. Los bomberos están subiendo y os ayudarán

Yo lo intenté. Pero mi padre seguía con los calzoncillos a mitad de culo, los pies en el aire, jugando con Laurita por la ventana.

Los bomberos rompieron la puerta y me alzaron en brazos bajándome por la escalera a toda prisa. Cuando llegué al portal, los vecinos aplaudieron y mi madre me abrazó llorando.

Poco después, mi padre salía al portal, con los calzoncillos rajados y Laura en brazos. Tenía la cara colorada y Laura reía divertida.

Los bomberos nos abrigaron, quitaron el humo de casa, y los vecinos que se habían acercado a curiosear nos acribillaron a preguntas.

Mi padre me deslizó al oído una de sus órdenes, que más que órdenes son ruegos de  complicidad: – De la guerra de almohadas, nada. ¿Has entendido?

Yo asentí, mientras los niños del cuarto C me palpaban como si fuera un extraterrestre.

– ¿Pero qué estabais haciendo para olvidaros así del horno? – preguntó mamá cuando al fin nos dejaron subir a casa. Aún olía un poco a quemado y la cerradura estaba rota. Pero el cerrajero estaba en camino.

Como mi padre me había dicho que de almohadas, nada, sólo supe responder:

– Jugábamos al balón con Laura.

– Pero si Laura ni siquiera camina…

Papá me miró indicándome que tenía que decir algo o no decir otra cosa, pero yo no entendía qué. Por lo que me pareció que lo mejor era mentir.

– Es que Laura era el balón…

Papá palideció, Laura gorgoteó feliz y yo pensé que era mejor que me fuera a la cama sin cenar. Me alcanzó con ver la expresión de mi madre para tomar semejante decisión.

El profesor está enfermo, dice mamá, cuando le pregunto por qué no va más a Pilates. Sé que miente. Yo creo que no va, porque no quiere que papá me haga pizza congelada. Con lo bien que le salía…

 

Escrito para los Viernes Creativos. Sobre una fotografía de Señorita Eme

Posdata

Posdata

Cierro los ojos para no verles, pero están. Se turnan. Juan sale a fumar. Entonces mi madre llora creyéndome dormida. Ojalá pudiera dormir, no pensar. Qué pasará con el peque, Juan tiene apenas veinte años .Sus planes no incluyen cuidar un niño rebelde y taciturno.

Lloraría. Pero soy la fuerte, la que insiste en que esto no podrá conmigo. La morfina actúa. No quita el dolor, pero me lleva al castillo de arena construido con papá, a mi perro Arlequín, a mi primer libro, al heladero del parque en verano.

Creo estar muriendo, pero despierto. Los ojos llorosos, siguen allí.

Lejanías

Lejanías

Desde que te espero en la estación Primavera, tu tren se ha quedado varado en Invierno. Algunos pasajeros que llegan desde allí, se apean felices, contemplan el sol, se quitan las bufandas, aspiran aromas que tenían casi olvidados.

Cuando les pregunto por ti, dicen que tu tren no consigue ponerse en marcha. Y que tú te niegas a coger otro. Aunque te insistan en que hay que seguir adelante, en que permanecer en una estación no te ayudará, sólo niegas con la cabeza y callas.

Cierto es que nos perdimos de vista cuando en el andén de Verano, cogimos trenes diferentes. Pero siempre te he dicho que te esperaría en Primavera. Y llevo dos meses haciéndolo.

No me quito el abrigo, porque sin ti, el frío me hiela los huesos, aunque esté en un andén florido en el que todos los pasajeros parecen felices y acalorados. Sólo me he animado a coger una solitaria rosa que escondo para mostrártela por sorpresa cuando bajes del tren al que nunca subirás.

Tengo doloridos los dedos porque las espinas se clavan, pero aguanto. Te hice una promesa en la que no crees y es por eso que no llegas. Pero resisto. Hasta que el guarda me obligue a coger el siguiente tren con destino a Verano. Allí te buscaré en los paisajes que hemos compartido, aunque sepa que será inútil.