Le faltarán, al menos, un par de centímetros para alcanzar la barra del trapecio y cinco o seis para rozar la estabilidad del rectángulo, la perfección del cuadrado. Enamorado sin remedio de la elegancia simétrica de la elipse, se mira en el espejo del eje Y.

Intenta reacomodar un ángulo para que parezca más recto, un lado para que se vea más largo. Resignado, la ve pasar por el plano sin atreverse a entablar conversación. La elipse se le acerca: – Qué delgado se te ve –pronuncia con ondulante voz. Él apenas le sonríe, sonrojándose tontamente. Ella se aleja despacio, pensando que la fascinante singularidad  de los polígonos irregulares, está fuera de su alcance.