Mi hermana Lola, siempre fue la más guapa de las dos. No tiene sentido negarlo. En las navideñas reuniones familiares, amenizábamos las inevitables discusiones entre cuñados, primos, consuegros, con nuestras actuaciones. Ella siempre era la estrella y yo, simplemente la acompañaba, le daba el pie, hacía que se luciera exagerando mi papel de tonta. A mí no me importaba. Los aplausos se repartían a partes iguales porque siempre saludábamos ante el público a dúo.
La última vez que montamos nuestro espectáculo tendríamos unos diez o doce años. Al año siguiente murieron dos de mis abuelos, los tíos de Navarra se separaron, mi prima Gracia se quedó encinta y se suspendieron las reuniones navideñas. Creo, que aunque no se hubieran sucedido todas esas desgracias, las reuniones habrían desaparecido de todos modos. Es que nuestra última actuación no resultó ser un buen colofón de tan corta carrera artística.
Durante la última escena, yo, disfrazada de chico (siempre me tocaba a mi ser el chico) tenía que ponerle en el dedo anular una alianza, que dado nuestro escueto presupuesto en utilería, estaba fabricado con el alambre proveniente de una de la botellas de cava que los mayores abrían con tanta asiduidad por esas fechas.
Algo salió mal, el anillo resbaló con cierta dificultad por su dedo, pero imbuida en mi papel como estaba, insistí e insistí hasta que llego al final del dedo. Y allí se quedó. Ese fue el problema. Una vez que había entrado, el dedo de mi hermana parecía haber aumentado de volumen de forma desproporcionada. Hubo que suspender la función.
El publico en pleno, se volcó con la protagonista que chillaba como si le hubiera clavado una daga en el corazón. Me quitaron de en medio y lo intentaron todo. Jabón, vela, miel…. El anillo no salía. El dedo estaba hinchado, como si mi hermana soplara desde dentro para hacer más espectacular el incidente. Nadie se animaba a usar un alicate para cortarlo. Sospecho que tampoco hubiera alguien lo suficientemente sobrio como para poder hacerlo.
En resumen: la familia terminó en urgencias, yo castigada en casa con mi abuela de carcelera (si conocierais a mi abuela entenderíais lo desproporcionado de la condena).
Mi hermana volvió horas después con varias puntadas en su dedo anular, llorosa y recibiendo mimos y atenciones de todo el mundo. No me habló durante tres meses y cuando lo hizo fue para decirme que estaba segura de que lo había hecho adrede por lo mucho que la envidiaba. Yo me reí, y claro, lo tomó a mal. Seré más fea o más tonta, pero cuando quiero lastimar a alguien, tengo mucha habilidad. Le dije entonces que nunca se casaría, porque nadie querría ponerle una alianza en ese engendro de dedo lleno de cicatrices que le había quedado.
Lloró durante semanas. Lo de casarse era muy importante en mi familia. Sobre todo para mi madre. Si se lo llegas a decir a mamá, te mato, me amenazó. No quería que mi madre dejara de quererla y se volcara en buscarme el hombre adecuado a mí, si con ella ya no había nada que hacer.
Han pasado veinte años desde entonces. Mi vaticinio se cumplió. Lola no se casó. Yo sí. Ella usa su dedo engendro para tocar el piano. Se ha convertido en una gran concertista. Yo uso mi dedo intacto para ponerme hielo en los magullones de la cara y del alma.
El riesgo de hacer vaticinios cuando se es demasiado joven como para creer en que se cumplirán.
Escrito para los Viernes Creativos. Fotografía de Elena Helfrecht

Te sigo Leyendo Patricia… Me gustó esta historia de las dos hermanas.. Y si me permites sólo un pequeño desacuerdo: Yo no hubiera dejado escrita la última frase (que me la tomo como una especie de moraleja…) Con todo mi cariño, te mando un abrazo.
Gracias por tu comentario y por tu observación. Me alegra que me sigas leyendo, pero si no firmas tus comentarios lamentablemente no sé quien eres.
Gracias de todos modos.
Hola Patrícia, perdona el despiste. No sé que me pasó que no firmé mi comentario del dia 22; Soy M.Pilar (Groocdefoc)
No hay problema, Pilar. ¡Muchísimas gracias por seguirme y comentar!
Un abrazo