Astillas

Astillas

Cuando nuestra casa fue blanco del primer bombardeo, mi padre estaba tocando el piano junto a la ventana, encerrado en su sala de ensayo. No pensó en mi madre, que murió en la cocina atravesada por las esquirlas, ni en mis hermanos y yo, que en el cuarto de las partituras, hacíamos los deberes. En cambio, se abrazó a su tesoro, el piano Steinway & Sons, intentando protegerlo del desastre. Y lo consiguió. Pero a cambio de salvarle la vida, se quedó sordo a causa de las explosiones.

Los niños, como cucarachas, sobrevivimos a todo. Y más allá del susto, resultamos ilesos. Ilesos si no se tiene en cuenta que perdimos a nuestra madre y fuimos testigos del ataque de locura que sufrió mi padre cuando se dio cuenta de que estaba sordo.

Las lágrimas con que no lloró a mi madre, las vertió todas mientras se golpeaba los oídos contra la cola de su piano y la frente contra el teclado.

Sobrevivimos a que permaneciera encerrado en su sala de ensayo y no nos diera ni una palabra de consuelo. Porque así como dejó de escuchar, dejó de hablar.

Los bombardeos, como todos sabéis, se han convertido en cosa de día sí y día también. Mi tía, que es quien nos cuida, insiste en que permanezcamos en la sala de partituras cuando las sirenas empiezan a tocar, más por superstición que por seguridad. Como la primera vez nos salvamos, no es cuestión de intentar desafiar al destino.

El bombardeo de ayer destrozó el tejado por completo, hizo estallar puertas y ventanas y echó a volar las partituras de mi padre desde los desaparecidos estantes. Los niños quedamos cubiertos por ciento de páginas plagadas de notas musicales. Y parece que eso, una vez más nos salvó. Mi padre no salió de su sala de ensayo ni siquiera después de que su adorado piano quedara destruido por completo y la puerta cediera. Con su traje de gala, como si fuera a dar un concierto de un momento a otro, se pasea entre los restos de madera murmurando palabras que no llegamos a comprender. No quiere vernos, por eso procuramos escucharle a escondidas, por si estuviera diciéndonos algo importante. Pero creo que no. Creo que simplemente le está hablando a su piano, confiándose a él.

Y lo cierto es que esas astillas desperdigadas nos están dando un poco de celos. Pero no hay tiempo ni de ponernos celosos. Las sirenas vuelven a sonar.

Escrito para los Viernes Creativos a partir de esta foto de Arthur Tress

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En el desván – Finalista semanal en Wonderland RNE4

En el desván – Finalista semanal en Wonderland RNE4

Aburridos, se rascan los lomos unos contra otros, pugnando por terminar con la inmovilidad a la que están sometidos.

De vez en cuando, un conejo echa un vistazo a su reloj de bolsillo y confirma que se está haciendo tarde. Los zapatos rojos de una bruja corretean sobre la madera, y una oruga fuma aburrida de tanto esperar. Los naipes de corazones juegan solitarios, y un globo presto a partir, espera nuevos ocupantes.

La rosa del niño rubio aún no se ha marchitado, a pesar de llevar años presa entre dos páginas. Eso, es lo único que les impide claudicar.

Otras simetrías

Otras simetrías

Siempre me he creído asimétrica. Al menos con respecto a los ejes conocidos. Por más que me acercara al eje de ordenadas, no conseguía aceptar ninguna orden. Quizá, porque  la primera y más importante de ellas en mi familia, era encontrar un marido.

Desechado el eje de ordenadas, lo intenté con el eje equis. Otro fracaso. Nunca me gustaron las ambigüedades, el camuflarme detrás de una incógnita, los fingimientos, vamos, otro de los pilares del orgullo en mi círculo familiar.

Por eso me salí del círculo, y avancé sin rumbo, sin traza, sin dirección fija. Conocí planos inclinados, concavidades insospechadas, espacios de dimensiones no catalogadas.

Hasta que tangencialmente, me acerqué a ti. Tan bella y libre. Tan alejada de todos los ejes convencionales. Tan transparente y curva.  Tan mujer.

Entendí entonces que mis variables no eran las que creía. No eran las que me habían forzado a asumir colmando mi infancia de muñecas y barnices de uñas. Entendí que no soy asimétrica, sino que lo estaba intentando con los ejes incorrectos.

Me enamoré. Para mi sorpresa, nos enamoramos. Nuestra perfecta simetría de senos desnudos contra senos desnudos, ocupó todo el espacio.  Y contra toda razón trigonométrica,  me supe par.

 

 

 

 

En sepia – Segundo premio en el V Certamen de microrrelatos «Escríbeme una foto»

En sepia – Segundo premio en el V Certamen de microrrelatos «Escríbeme una foto»

La fotografía había sido tomada un domingo por la tarde. Una insensatez de las que sólo tienen cabida después de compartir una dosis inusual de alcohol, la alegría de un triunfo efímero, y la torpeza de la juventud.

Que cayera en manos enemigas pudo haber sido casualidad. Pero no lo fue. Traidores hay en todos los bandos y el nuestro no era la excepción.

Quienes en el papel sepia sonreíamos, ostentando armas, ideales e inmadurez, fuimos desapareciendo uno a uno. A algunos los sorprendieron en pleno trajín. Pero a otros, como a mí, vinieron a buscarnos a los sótanos de nuestras casas, donde unos padres desesperados nos habían intentado proteger.

De la fotografía, ya nadie queda. Sólo yo, que la conservo en el bolsillo de mi chaqueta.  Insisto en ocultarla más por costumbre que por necesidad. Lo cierto es que está en el mejor escondite que pude haber conseguido. Junto a mi cuerpo enterrado en una cuneta, de una carretera perdida, nadie la encontrará. Aunque ya,  tampoco importa.

Suma conciencia

Suma conciencia

Las besa con suma conciencia para no equivocarse: a la Virgen Descalza, en los pies, reverenciando su fatigoso caminar para salvar a su pueblo; a Santa Todoria, en las manos, teñidas de la sangre vertida por los demás. Después, las retira de su mesilla de noche. A una, la coloca en un cajón, y a la otra sobre el armario, donde no se ve. No dentro, porque lo de sacar una santa del armario, le suena mal. Luego, abotona su sotana, pensando en cuánto le gusta a ella desabrocharla poco a poco. Se peina frente al espejo, gira las estampitas, y la invita a pasar.

Brecha idiomática – Segundo premio en el VIII Concurso de Relatos Sol Cultural

Brecha idiomática – Segundo premio en el VIII Concurso de Relatos Sol Cultural

Mis vecindongos de al lado son insoportunables. Cada noche dispicurren a los gróticos. “Me marcho” amenizca él, a lo que ella rospende: “Quédate”. Al día songuiente es ella la que grotica “Me marcho” mientras él suplicia angustoniado “Quédate”. Indentendibles.

Yo los escucheco porque es más adivertidoso que visionisar la tele. Al final, entre pitorros y flautingas, surrusos y gemidios, no nos durmitinamos hasta la madrugosca.

Por las mandañanas, me los cruzo en el elevandante. Siempre acaramelosos, sobandiantes besoquiéndose hasta llegar a la vegeta bajonosa. Tengo que soliciantarles permósico para salir del elevandante. No los compriniendo. Será porque habloteramos distintos idiómicos.

 

Basado en la fotografía Nocturna 3 de Héctor de los Ojos Barroso.

MICRO-RELATOS 2015