Cuando mamá se iba a Pilates, nos quedábamos con papá. Era una pena que sólo fuera una vez a la semana, porque la verdad es que con él nos lo pasábamos genial. Nos cocinaba macarrones o hamburguesas. Y a veces ¡nos hacía pizza! Hasta que un día se la olvidó en el horno y tuvieron que venir los bomberos porque el humo salía por la ventana y los vecinos se asustaron.

Nosotros no nos habíamos dado cuenta porque estábamos jugando a guerra de almohadas en el cuarto de mis padres. Los dos estábamos en calzoncillos, cosa que estaba terminantemente prohibida en casa. Mamá no permitía que transitáramos semidesnudos por la casa. Decía que era indecoroso, y poco apropiado exhibirse así delante de una niña. Mi hermana tenía apenas cuatro meses y no creo que se sonrojara por vernos en ropa interior, pero cuando mi madre fija una norma, vete a intentar hacerla cambiar de opinión.

No nos vayamos por las ramas. Aquella tarde papá puso a calentar la pizza y volvió al cuarto para terminar lo que teníamos por la mitad. Yo había aprovechado la interrupción para pertrecharme con una buena cantidad de municiones. Y en cuanto entró al cuarto empecé a disparar como una ametralladora, muerto de risa. Él cogía almohadas y almohadones al vuelo y los iba acumulando a modo de trinchera. Falta de estrategia por mi parte, pronto me quedé sin armamento, y él comenzó a reír como un villano de esos que quieren dominar el mundo. Entonces no tuve más remedio, cogí a mi hermana que estaba recostada en la cama entretenida mordiéndose el pie derecho (una de sus actividades preferidas) y se la arrojé.

Mi estrategia funcionó: cogí al enemigo desprevenido. Laurita (Laurita es mi hermana) pasó justo por su lado y su trinchera de almohadas quedó destruida, cuando mi padre se estiró intentando cogerla. Como un portero en una parada espectacular la cogió en el aire aunque ya había atravesado la ventana.

Al principio pensé que la estaba zarandeando como hace siempre para hacerla reír, por eso no me pareció raro que estuviese con medio cuerpo colgando hacia afuera, y los pies descalzos en el aire.

Aproveché su distracción para volver a pertrecharme. Pero al rato, como no volvía, empecé a decirle que me aburría.

Llamaron al telefonillo, yo fui atender pensando que sería mamá, y lo era.

– ¡Cariño! ¡Gracias a Dios! ¿Estáis bien? Los bomberos no me permiten subir…. ¿qué pasa en la cocina? ¡Sale mucho humo!

Miré hacia el final del pasillo y percibí la niebla que empezaba a inundarlo todo

– ¡Estamos perfecto!

– Dile a papá que se ponga… que coja a la niña  y salgan de ahí de inmediato. Los bomberos están subiendo y os ayudarán

Yo lo intenté. Pero mi padre seguía con los calzoncillos a mitad de culo, los pies en el aire, jugando con Laurita por la ventana.

Los bomberos rompieron la puerta y me alzaron en brazos bajándome por la escalera a toda prisa. Cuando llegué al portal, los vecinos aplaudieron y mi madre me abrazó llorando.

Poco después, mi padre salía al portal, con los calzoncillos rajados y Laura en brazos. Tenía la cara colorada y Laura reía divertida.

Los bomberos nos abrigaron, quitaron el humo de casa, y los vecinos que se habían acercado a curiosear nos acribillaron a preguntas.

Mi padre me deslizó al oído una de sus órdenes, que más que órdenes son ruegos de  complicidad: – De la guerra de almohadas, nada. ¿Has entendido?

Yo asentí, mientras los niños del cuarto C me palpaban como si fuera un extraterrestre.

– ¿Pero qué estabais haciendo para olvidaros así del horno? – preguntó mamá cuando al fin nos dejaron subir a casa. Aún olía un poco a quemado y la cerradura estaba rota. Pero el cerrajero estaba en camino.

Como mi padre me había dicho que de almohadas, nada, sólo supe responder:

– Jugábamos al balón con Laura.

– Pero si Laura ni siquiera camina…

Papá me miró indicándome que tenía que decir algo o no decir otra cosa, pero yo no entendía qué. Por lo que me pareció que lo mejor era mentir.

– Es que Laura era el balón…

Papá palideció, Laura gorgoteó feliz y yo pensé que era mejor que me fuera a la cama sin cenar. Me alcanzó con ver la expresión de mi madre para tomar semejante decisión.

El profesor está enfermo, dice mamá, cuando le pregunto por qué no va más a Pilates. Sé que miente. Yo creo que no va, porque no quiere que papá me haga pizza congelada. Con lo bien que le salía…

 

Escrito para los Viernes Creativos. Sobre una fotografía de Señorita Eme