Abandonan, primero uno y luego el otro, la habitación del hotel. Los huéspedes están dormidos. Toca deambular por los pasillos. Camuflarse. Salir al paso de algún desprevenido convertidos en una niña de camisón y rostro blanco, osito colgando, pelo negro y enmarañado. Algunos llegan tan borrachos que ni se enteran. Otros tan ensimismados en sus acompañantes que no perciben las luces titubeantes, ni el aire gélido. Las noches son aburridas y eternas. Pero si una huésped solitaria traba la puerta con dos vueltas y cierra las persianas, hay juego. Se cuelan prestos en su habitación. Hasta que mirando sobre su hombro, descubren que escribe una historia de fantasmas. Entonces, huyen despavoridos.