Futuro

Futuro

– ¿Y qué venden? – pregunta mi hermano Ricky.

– ¿Qué más da? Como si venden loros parlanchines. Tú mañana a primera hora te presentas y entregas tu currículum en mano. – contesta mamá con su tono de no estoy para bromas. Acaba de leerle un aviso clasificado de la revista del barrio. Piden jóvenes para venta.

A mí me encantaría ir a trabajar. En lugar de tener que ir al cole, podría salir de casa con mi maletín de trabajador, montarme en el metro y pasarme el día trabajando de trabajador. Con mi mesa, mi ordenador y una foto de los hijos que tendría junto al teclado. Bebería café, sacaría fotocopias de todo lo que se me ocurriese y sellaría papeles haciendo mucho ruido.

Pero mi hermano, no. Que no quiere ir a trabajar de cualquier cosa. Que la venta no es para él.

– Yo te diré lo que es para ti – grita mamá desde la cocina haciéndose escuchar  sobre el ruido del pescado friéndose – Para ti, es vivir del cuento, pero se acabó.

¿Vivir del cuento? ¡Tengo un hermano escritor! Mi hermano se encierra de un portazo en su cuarto. Me lo imagino con su larga pluma y su tintero, escribiendo increíbles historias.

– Tu ponte con la tarea o acabarás como tu hermano – dice mamá asomándose a la sala.

Obedezco a regañadientes. Yo quiero terminar como mi hermano. Quiero ser un gran escritor y firmar muchos libros, pero mantenerlo en secreto, como él.  Ha de ser agobiante la fama. Para disimular, venderé loros parlanchines y trabajaré todo el día. Y le diré a mi madre que si me pincho es mi problema, tal cual acaba de hacer Ricky. Mi madre no lo entiende. Las plumas que utilizamos los escritores pueden pinchar. Va con el oficio. Sí señor, terminaré como mi hermano. Y orgullosa que estará. Eso haré.

 

En mis pensamientos

En mis pensamientos

Tú estás muy pensativo, ¿qué te pasa?, pregunta la insoportable de mi hermana. Desde que cumplió los dieciséis se cree con derecho a controlarme como si fuera mi madre. “Asesinarte” pienso, pero no se lo digo. Si algo he aprendido desde que mamá murió, es que calladito se está mejor. Mi hermana se pasea entre el sofá y la tele con aire de Sherlock Holmes. Será mejor que me lo cuentes, dice. Para que se salga del medio, miento un “echo de menos a mamá”. Ella se para en seco y me mira con pena. Es patético su amago de lágrimas asomándole entre los párpados. Pero mi truco funciona. Se marcha a la cocina y me deja en paz.

Me acurruco en el sofá sobre el regazo de mamá, que solo aparece cuando estoy solo. Me acaricia la cabeza mientras murmura: buen chico. Le sonrío feliz.

– Ahora ya sabes lo que tienes que hacer – dice poniendo en mis manos las tijeras, y echando una significativa mirada a la figura de mi hermana que trajina en la cocina.

 

Escrito para los Viernes Creativos a partir de esta imagen de «El pensador»

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Hermana mayor

Hermana mayor

Mi hermano Alberto nació sin rostro. Al principio daba mucha impresión mirarlo, pero después te vas acostumbrando.

Mi padre dice que eso le pasa por nacer antes de tiempo, que no estaba terminado de hacer. Pero mamá lo quiere como si fuera un bebé con rostro. De los que se ríen, sacan la lengua y lloran lágrimas.

Yo lo miro mientras duerme, porque sospecho que aunque no tiene ojos, puede ver todo lo que hago. Y nunca sé si me está mirando o no.

Papá dice que de mayor le va a comprar unas cuantas máscaras para que pueda ir cambiando de aspecto cada vez que se le antoje. A mí eso me parece injusto. Yo tendré que conformarme con mi cara de toda la vida y el podrá tener muchas. Por eso, cuando papá y mamá no me ven, pellizco a Alberto con todas mis fuerzas. Como no sabe berrear, se pone rojo rojo y se sacude  como un perro que sale del agua.

Papá y mamá, lo encuentran encantador y le hacen muecas y le hablan con ese tono de tontos que solo emplean con él.

He decidido que cuando seamos mayores, le robaré las máscaras y las usaré yo. Total, nadie se dará cuenta, porque todo el mundo lo mira solo a él.

 

Escrito para los Viernes creativos de Fernando Vicente a partir de esta fotografía de Anna Coleman Ladd

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De otra galaxia – Finalista en Esta noche te cuento

De otra galaxia – Finalista en Esta noche te cuento

Astronauta, respondo cuando los médicos me preguntan qué quiero ser de mayor.

Me revuelven el pelo, sonríen, pero nunca contestan cuánto falta.

Un poco más, dicen. O ten paciencia, campeón.

En cuanto se van le repito la pregunta a mamá.

¿Cuánto falta?, eso no importa, asegura ella. Mientras esperamos lo pasaremos genial.

Alguien compatible, eso esperamos. Yo creo que compatible significa que viene de otra galaxia. De Compatilaxia, para ser más exactos.  Por eso quiero ser astronauta, para ir a buscarlo yo mismo y listo.

A veces, parece que el compatible ha llegado y ha aparcado su nave a las puertas del hospital. Mamá sonríe casi de verdad, la abuela nos abraza y vuelven a pincharme el brazo, pero no me importa.

Lástima que después el compatible no pasa las pruebas. Quién sabe qué le preguntarán. Seguro que multiplicaciones por dos cifras, las que todavía no enseñó la profe Laura.

-Má, ya sé que  yo soy de segundo…. Pero… ¿y si buscan un compatible de tercero, no pasará mejor las pruebas? – pregunto.

Ella sonríe. No me revuelve el pelo. Sólo dice que si quiero ser astronauta tendré que estudiar mucho y que repasemos las tablas otra vez.

 

Futuro

Noche y día – Finalista en el concurso Madrid en cinco lineas – Cadena Ser Madrid

Ocupantes de bancos y soportales se desperezan, recogen cartones, ensayos de mantas. Dejan las calles preparadas. Pronto serán tomadas por la marea de trabajadores. Esos seres poseedores de un trayecto diario y obligado: Casa Trabajo, Trabajo Casa. Les ven pasar, camuflados en el trajín. Apostados en un semáforo, en un vagón de metro, sentados tras un cartel que nadie lee.

Muchos de ellos han tenido su trayecto diario y obligado. Pero el monstruo urbano,  se los ha arrebatado, para dejarlos desprotegidos, bajo el fétido aliento de sus fauces.

Ensayo y acierto

Ensayo y acierto

– Esta cerradura es demasiado compleja para un baño – dice el cerrajero. Lleva casi media hora intentando forzarla sin conseguirlo. Mi madre se encoje de hombros.

El primero que se quedó encerrado en el baño fue el abuelo. Salió sin una pierna y sin una oreja. Como es sordo y cojo, tampoco importaba.

Luego fue la chica que limpia, que salió sin la mitad izquierda del cuerpo. Mi madre se disculpó despachándola a casa con paga doble.

Ahora es el turno de mi padre. Cuando el cerrajero consigue abrir, es tarde. No queda nada de papá allí.

Mamá le paga religiosamente enjugándose dos lágrimas. Pero cuando el hombre se va, tiene que hacer grandes esfuerzos para ocultarme su sonrisa de satisfacción.

 

Escrito para los Viernes Creativos a partir de esta fotografía de Silvia Grav:

hombre esfumado