Confesión

Confesión

– Dos padrenuestros y cinco avemarías

– ¿Será suficiente? – él asiente incómodo. Es evidente que espera que me ponga de  pie de una vez.

Remoloneo, como repasando la galería de mis pecados para no dejarme ninguno sin confesar.

–  Ya te he perdonado, puedes marchar

– No hay nadie esperando fuera – digo – Podría quedarme un poco más y ayudarte a limpiar las imágenes de arriba

– Te he dicho que no puede ser

Lo miro mientras me paso la lengua por los labios.

–  Sabes que lo hago muy bien…

El rostro pálido está ahora rojo. Comienza a sudar. Sé que es cuestión de tiempo. Que apagará las luces de la capilla como para que ninguno de sus santos nos vea, que girará la imagen de la virgen de cara hacia la pared y cerrará la puerta principal aunque todavía no sean las ocho.

Hago amago de alejarme por el pasillo central.

– Espera – pronuncia con voz cargada de deseo.

Me vuelvo despacio.

– Te espero en la sacristía

Él trastea con la cerradura, las luces, y se persigna ante la virgen antes de ponerla de espaldas.  Luego se acerca con prisa mal disimulada.

Como siempre, lo estoy esperando con mis folios entre las manos. Cuando se sienta a mi lado, comienzo a leer.  Él me escucha, con los ojos cerrados durante casi dos horas. Sólo los abre cuando callo para coger aire, y al final, cuando mis últimas palabras quedan flotando en el aire entre nosotros.

– Sabes que no deberíamos hacer esto – dice mientras me acompaña hasta la puerta.

Verifica que la calle está desierta y me hace salir.

Yo asiento, como cada vez. Y le prometo que no habrá otra. Que no seguiré escribiendo. Que no volveré a tentarlo de este modo.

Ambos sabemos que no será así.  Pero nos separamos con la tranquilidad que dan los buenos propósitos.

Mañana tendré que volver.  A confesarme.

 

Escrito para los Viernes Creativos a partir de una propuesta de Ana Vidal: Pecados inconfesables y esta fotografía de Umberto Verdoliva

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Mayo

Mayo

Como si de una plaga venenosa se tratara, los oficinistas desatienden sus puestos de trabajo y toman las calles. Los conductores abandonan sus autobuses allí donde estén, los niños sus mochilas con ruedas, y los jubilados la bolsa del pan. La grúa que observaban trabajar mantiene la pieza de hormigón suspendida, y las figuras de los semáforos se descuelgan hasta los pasos de peatones. Las rojas dando saltitos, las verdes avanzando con paso firme. Los taxímetros se detienen y los quirófanos se vacían de batas azules.

El verano se ha adelantado, repite el hombre del tiempo. Aunque mañana volveremos a la normalidad, agrega. Ya nadie le está escuchando.

En el plano

En el plano

Mi padre trabaja en una central nuclear, de ahí su color amarillento. Esa es también la causa de que en mi familia nunca envejezcamos. Mis hermanos y yo llevamos más de dos décadas siendo niños, y no hay ni una cana en la azul cabellera de mi madre.

Por lo demás, somos muy normales.  Cuando mamá se cansa de nosotros nos pliega para colocarnos bajo la alfombra con perro y padre incluidos. Después invita a sus amigas y les cuenta que es actriz en una serie. Las otras la escuchan envidiosas sosteniendo las copas entre sus frágiles dedos de papel.

 

Voraces

Voraces

Duerme en el fondo del río. Con los peces. Algunos le mordisquean los pies descalzos, otros se cuelan bajo su pijama. Sabe que es un sueño. Los peces no pueden hablar, se ahogarían. Pero estos hablan. Demasiado para su gusto. Mencionan la mirada aterrorizada del hombre de traje justo antes de morir, los cuerpos inertes en el maletero del coche,  el rostro desfigurado de aquel chaval. Hablan con la voz dulce de la doctora Melfi. Intenta espantarlos. Callan.

Ahora, se afanan en mordisquearle el pecho. El corazón se asoma entre sus costillas. Unos patos se alejan horrorizados. No consigue despertar.

A la deriva

A la deriva

El día que una ola salte más de lo convenido e inunde el jardín, pondremos una reclamación, sostiene mi padre. A mi madre ese argumento no le convence. Dice que la sal carcomerá los cimientos, y que la humedad dañará mis pulmones.

A mí me gusta el olor a mar que entra por las ventanas, y jugar con las gaviotas. Pero mamá erre que erre con que no se puede vivir así. Que un niño necesita estabilidad. Es cierto que la marea alta suele revolverme el estómago, pero desde que estamos a la deriva, papá y mamá siempre están en casa, y yo ni siquiera  tengo que ir al cole.

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Instrucciones para después

Instrucciones para después

Acuérdate de lanzar mis cenizas al mar y de quitar mi nombre del buzón. No dejes que las malas hierbas invadan el jardín, ni que se seque el limonero. Anula mi suscripción al dominical, total tú nunca lo lees. Llama todos los sábados a Elvira y los domingos al niño. A Elvira le preguntas qué tal nuestros nietos pero no mencionas a Ramiro ni los moretones, de todos modos lo negará. A Juanpi, le preguntas por el trabajo pero nunca por su compañero de piso, porque comenzará a titubear. Lo más importante: no menciones que he muerto. Para qué disgustarles si igual ni lo notarán.

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