Mi hermano Alberto nació sin rostro. Al principio daba mucha impresión mirarlo, pero después te vas acostumbrando.
Mi padre dice que eso le pasa por nacer antes de tiempo, que no estaba terminado de hacer. Pero mamá lo quiere como si fuera un bebé con rostro. De los que se ríen, sacan la lengua y lloran lágrimas.
Yo lo miro mientras duerme, porque sospecho que aunque no tiene ojos, puede ver todo lo que hago. Y nunca sé si me está mirando o no.
Papá dice que de mayor le va a comprar unas cuantas máscaras para que pueda ir cambiando de aspecto cada vez que se le antoje. A mí eso me parece injusto. Yo tendré que conformarme con mi cara de toda la vida y el podrá tener muchas. Por eso, cuando papá y mamá no me ven, pellizco a Alberto con todas mis fuerzas. Como no sabe berrear, se pone rojo rojo y se sacude como un perro que sale del agua.
Papá y mamá, lo encuentran encantador y le hacen muecas y le hablan con ese tono de tontos que solo emplean con él.
He decidido que cuando seamos mayores, le robaré las máscaras y las usaré yo. Total, nadie se dará cuenta, porque todo el mundo lo mira solo a él.
Escrito para los Viernes creativos de Fernando Vicente a partir de esta fotografía de Anna Coleman Ladd

