Tarjeta roja

Tarjeta roja

Al principio, me cautivó tu juego fluido y preciso. Esa forma de pasar el balón con elegancia, con seguridad. Sabías pincharlo y en un solo movimiento enredarlo en tus pies para salir a la carrera hacia la portería. Lo escondías a los defensas, que frustrados ante tu habilidad, se rendían ante cada bicicleta, ante cada regate.

Ese juego de ataque, de estrategia de equipo, ese cuatro tres cuatro y tu famoso “tiqui-taca” me enamoraron, por qué negarlo.

Y me entregué a tus pases profundos, a tus desmarques, a la enloquecedora manera con que sabías mover a tus mediocampistas, a tus dobles pivotes, hasta  conseguir mi apertura hacia las bandas.

De ahí, al Hat trick había un paso, que diste a balón parado después de bascular hábilmente y esquivar la barrera.

Entonces, con el cansancio propio del juego de alto nivel, llegó el tiempo en que empezaste a preferir los autopases, a despreciar mis apoyos, y dejarme calentando en la banda sin pedir nunca el cambio. Si me acercaba a ti, me engañabas con unos caños, y te cerrabas atrás para jugar al contragolpe. Y yo, por temor a perder, te seguía dando cobertura sin entender que de tanto ver amarillas, terminaría en la calle.

Tuvo que intervenir el cuarto árbitro para que entendiera que debía detener un momento el cuero y leer el juego. Que los córners que lanzabas ante mis propias narices a otros equipos, no tardarían en convertirse en goles. Y que yo no quería quedar fuera de juego, ni decidirlo todo en la tanda de penaltis.

Me quité el brazalete que me habías dado, y con un pase de la muerte, te obligué a decidir si querías seguir chutando a portería.  Recibiste el esférico y me miraste con esos ojos de pichichi que siempre me habían conmovido. Pero en lugar de colarla bajo la escuadra, la tocaste con la mano.

Salí del campo sin mirar atrás, a pesar de tus protestas. A pesar de que pedías a gritos que el VAR certificara, que la mano no había sido intencional.

No me arrepiento. Desde el banquillo, las cosas se ven mucho mejor.

 

Tarjeta roja

Orden de alejamiento

El árbitro debería tener un poco más de cuidado…  ¿no cree? ¿Cómo no ha visto esa falta? Tal vez sea necesario que usted o yo le abramos los ojos cuando acabe…

Me revuelvo incómodo en el asiento de plástico. Estamos mirando el partido de alevines desde la casi desierta grada del equipo visitante. Pero el hombre interrumpe su cháchara para gritarle indicaciones al número siete local. El niño lo mira y sigue corriendo por el lateral. Es rápido y hábil con el balón.

Mi hijo permanece enfurruñado en el banquillo.  Tocará conformarlo otra vez.

El niño de la camiseta número siete realiza una jugada que por poco no acaba en gol. Este nos sacará de pobres, repite el hombre llevándose las manos a la cabeza.

Suena el pitido final. El siete se acerca a una mujer al otro lado del campo. Señala hacia el sitio de la grada visitante en que estamos sentados. Mi compañero murmura un insulto y huye corriendo en cuanto ella lo ve.

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Lecciones

¡Bien de fuerza, solo le ha faltado un poco de puntería! Verás cómo el próximo te sale mejor, lo animo. Lo cierto es que el tiro no ha tenido ninguna de las dos.

Recojo el balón y se lo paso despacio, para que pueda controlarlo con los pies. Tampoco así lo consigue, y termina rodando por el suelo. Lo observo alarmada, odiándome por forzar tanto las cosas.

Su gorra ha salido volando dejando al descubierto la cabeza calva.

– ¡Nico, mamá te ayuda! – grito angustiada mientras me acerco a la carrera. Pero me detengo. Desde la sabiduría de sus cinco años me mira y se incorpora lentamente, como un viejo, mientras dice: no hace falta, yo puedo solo, mamá.

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Tarde de juegos

¡Progresa adecuadamente pero puede mejorar!, grita la grada cuando pierde el control del balón y regala un córner a los rivales. Ni un insulto, ni un recuerdo para su madre.  No concibe una afición tan educada. Ni rival, ni propia.

Durante todo el encuentro, ninguno de los equipos ha cometido ni una sola falta. Así no hay quien estrene los tiros libres ensayados.

Hasta sus propios compañeros están irreconocibles. Sonríen a la defensa contraria, se ceden el balón con generosidad…

Él, por darle un poco de emoción al partido, se planta ante el árbitro y lo insulta. Solo consigue que lo ponga a pensar con la frente apoyada en uno de los postes de la portería.

Se jura, mientras cumple el castigo, que es la última vez que antes de salir para el estadio, acepta probar ese extraño té que su hija le prepara a las muñecas.

Martes: extraescolares

Martes: extraescolares

Te quiere mamá, te quiera la abuela, te quiere papá… Pero más te quiero yo, dice como todos los martes, mientras volvemos a casa a la salida de fútbol.

No quiero decirle a mamá que odio el fútbol. Pero lo odio. Aunque yo mismo le haya rogado que me apuntara al equipo. Las piernas me pesan en cada entrenamiento, y por momentos, no soy capaz de saber dónde está la pelota, porque solo percibo sus ojos clavados en mí, mientras desde la grada alienta mis escasos progresos.

Su mano huesuda tiembla ansiosa cuando intenta acertar en la cerradura con la copia de la llave que mamá le ha dado. Tío Alfredo se encargará de llevarte a fútbol. Ya sabes que yo los martes no salgo hasta tarde. Y yo, a pesar de que nunca me ha gustado mucho el tío Alfredo, que en realidad no es tío ni nada, acepté. Porque deseaba pertenecer al equipo. Y ahora no hay marcha atrás. Eso me dice cada martes justo antes de que llegue mamá. Que esto no tiene marcha atrás y que no querré darle un disgusto a mi madre.

Mis piernas sucias de barro tiemblan aterradas mientras camino por el pasillo para dejar la mochila en el cuarto de atrás.

Él, mientras tanto, ha entornado las persianas y silbando, se ha metido en el baño. El sonido de la ducha abierta se nubla en mis oídos. Me quito las botas y con la cabeza gacha, me acerco arrastrando los calcetines y rogando que este tiempo de descuento, acabe lo más rápido posible.

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Si te fueras de una vez

Tuve que irme a la cama para no flaquear en mi decisión: no adoptaríamos una mascota. Dejé a mis hijos recogiendo la mesa junto a su padre.

Cuando a los postres, Laura había empezado con aquel discurso de “Mamá, tú sabes que ya somos responsables”, supe que mis sospechas eran fundamentadas. Si al llegar del trabajo me estaban esperando con la casa recogida, si no me habían permitido entrar a la cocina, y habían preparado la cena, mientras me colmaban de atenciones y me servían un aperitivo en el salón, era porque querían convencerme de algo.

Y ese algo era, me dije, el único punto en que nunca cedería. Había cedido en que Facundo comprara su primera batería, en que Laurita se hiciera un piercing y hasta en que la peque se tiñera el flequillo de azul. Pero lo de la mascota, ya era otro tema.

– Estarás contento, ¿verdad, Miguel?  – pronuncié en la penumbra cuando deslizó su cuerpo frío bajo las sábanas.

– Michael, te he dicho mil veces que no me llames Miguel

– ¿Y qué importa eso ahora?

Me giré para mirar las cuencas de sus ojos. Él se tapó con las sábanas hasta la barbilla como si le diera vergüenza que viera lo delgado que se estaba quedando.

– Estoy segura de que has estado llenándoles la cabeza– acusé imperturbable.

– Si sabes que no me escuchan…

– Claro que te escuchan, claro que te escuchan. Puede que no te vean, pero escucharte… ¿De dónde si no iba a sacar la niña eso del flequillo punk?

– Pues yo no les he dicho nada de lo de la tarántula. Te juro que ni siquiera cuando eran pequeños les conté que tuve una…

– Sí, y voy yo y me lo creo

Miguel se gira y mira el techo. Desde que ha vuelto, no hace otra cosa que meterse en nuestras vidas.

Todo lo que no hizo cuando los niños eran pequeños, todo ese tiempo que pasó de gira en gira, de grabación en grabación, lejos de ellos, todo, lo está recuperando ahora. No se nos despega ni de noche ni de día.

En casa, todo es Miguel. Su voz sonando en el equipo de música, su albornoz colgado en la puerta del baño, sus fotos inundando el pasillo y su perfume favorito en la piel de Facundo.

Pero eso no es lo peor. Lo peor no es que esté presente en nuestras vidas y que sus hijos no pasen ni un día sin mencionarlo. Lo peor es que lo llevan dentro. Está en los ojos azul oscuro de Laura, en la barbilla empecinada de Facu, en la sonrisa engatusadora de María. Y en los pliegues que se le forman sobre la nariz cuando dice “Merry, te he dicho mil veces que no me llames María”.

– Todo sería más sencillo si te decidieras a irte de una vez – le digo casi como un ruego.

Pero Miguel ya se ha quedado dormido y ronca despacio mientras su mandíbula oscila blanca en la penumbra.

No he conseguido cambiarlo cuando estaba vivo, no puedo pretender hacerlo ahora, pienso resignada, mientras me giro para darle la espalda.

Sé que mañana terminaremos yendo los cinco a la tienda de mascotas a por la tarántula más grande que podamos conseguir.