¡Bien de fuerza, solo le ha faltado un poco de puntería! Verás cómo el próximo te sale mejor, lo animo. Lo cierto es que el tiro no ha tenido ninguna de las dos.

Recojo el balón y se lo paso despacio, para que pueda controlarlo con los pies. Tampoco así lo consigue, y termina rodando por el suelo. Lo observo alarmada, odiándome por forzar tanto las cosas.

Su gorra ha salido volando dejando al descubierto la cabeza calva.

– ¡Nico, mamá te ayuda! – grito angustiada mientras me acerco a la carrera. Pero me detengo. Desde la sabiduría de sus cinco años me mira y se incorpora lentamente, como un viejo, mientras dice: no hace falta, yo puedo solo, mamá.