Limpieza general

Limpieza general

Ya no hay bicicletas colgadas en el garaje. Del cajón de la cocina han emigrado las cucharas soperas. Una ráfaga de viento norte ha desnudado las fotografías y sus habitantes tiritan en veranos lejanos. Las últimas pompas han explotado contra los azulejos del baño dejando una huella de alma aplastada. El bote de Colacao  contiene un peñasco petrificado, que no cede al agua caliente ni a las lágrimas con lejía.

Los guantes de goma ya no protegen tus manos, pero te los dejas, porque te recuerdan al pato amarillo que se suicidó en la bañera.

Es día de limpieza general.  Aunque de aquella suciedad, no quede ni rastro.

Antiheroína

Antiheroína

Y cómo es que no utilizaron la bomba, preguntan en la bicicletería. Mi madre mira sin entender.

– La bomba, esto, para hinchar los neumáticos. – dice el hombre señalando el cilindro negro.

Ambos descubrimos entonces el aparato enganchado al cuadro.

– Ya… – sigue diciendo él sin percatarse de nuestras caras de asombro – Es que con el tiempo, normalmente fallan. Seguramente no ha funcionado, ¿no?

En realidad no hemos intentado utilizarlo. Desde que estamos solos, mamá tiene alergia a las herramientas. Si algo se rompe, se tira.

Salimos de la bicicletería con los neumáticos y los ojos de mi madre hinchados. Una estúpida bomba, repite para sí. Me detengo hasta obligarla a agacharse. Entonces le planto dos besos y un abrazo. Ella llora. Y me deja montar en bici aunque no lleve casco.

Antiheroína

Cruce

María da un portazo y baja apresurada las escaleras. Intenta recordar dónde han aparcado el coche, pero su mente está nublada y solo recuerda los últimos reproches entrecruzados.

Pablo sube las escaleras del trastero manteniendo en equilibrio su bicicleta sobre el hombro. La apoya junto al portal y la mira orgulloso. Tanto tiempo ahorrando para conseguirla y allí está, invitándolo a atravesar las calles silenciosas de mañana de domingo hasta salir de la ciudad.

María ha dado con el coche y desplomada en el asiento del conductor, no consigue que la llave se deslice en el contacto. Tiene ganas de vomitar.  La cabeza le duele junto a la sien derecha y la voz hiriente le lacera en las costillas.

Pablo pedalea acompasado, con el viento abombando la camiseta que empieza  a humedecerse con el sudor. Atento a cada sonido, a cada pequeño matiz en el traqueteo suave de las ruedas sobre el asfalto. Respira profundo para encarar la cuesta de la avenida que lo pondrá sobre la carretera. Observa la serpenteante línea gris que le invita como una amante sensual y sonríe imperceptiblemente.

María se ha saltado dos stops y ha pasado un semáforo en dudoso verde. Lo único que quiere es alcanzar la carretera y poner distancia. Se habían prometido no volver a beber pero otra vez lo han olvidado, alcanza a pensar antes de poner el coche a 120 en la recta.

Pablo empieza a notar el esfuerzo pero intenta mantener el ritmo. La carretera solitaria, el sol brillante, la franja blanca a su derecha como una guía lo invitan a perseverar. Y lo hace. El sudor resbala entre sus omóplatos en un serpenteante río que se detiene justo al llegar al filo de su malla. Debajo del casco, el pelo húmedo se le pega al cuero cabelludo como si estuviera nadando en la piscina y el agua clorada se estuviera colando bajo su gorra de agua.

María ve un punto a lo lejos. Una figura indescifrable que va creciendo en tamaño, como un molesto lunar sobre el asfalto, que la distrae de sus pensamientos y no le permite encauzarlos.

Pablo ve que un coche se acerca por el carril contrario y piensa que parece ir de prisa, que será mejor que se mantenga bien a la derecha porque. Allí se cortan sus pensamientos.  Los de María, salen disparados por el impacto en todas direcciones. En un arcén, que cree haber atropellado a un animal, en el otro, la imagen de los números de la camiseta de Pablo y una rueda de bicicleta aplastada. No se detiene a recoger sus pensamientos porque intuye que no le gustará lo que vea. Intenta concentrarse en huir aunque no quiere saber de qué.

Los pensamientos de Pablo han regresado aunque no consigue acomodarlos y formarse una imagen de lo que está pasando. Un coche azul se detiene a su lado. Escucha gritos, voces nerviosas, y poco después, sirenas. Quisiera que callen que todos callen. Le obligan a abrir un ojo y no ve su bicicleta nueva en la pupila preocupada que lo observa.

– Menos mal que llevaba casco – dice alguien.

– Eso no ha sido suficiente – replica otra voz.

Y Pablo sabe que se está muriendo sin entender cómo ni dónde.

Sus pensamientos, cada vez más confusos, se derraman sin remedio para entremezclarse con los de María, que permanecen temblorosos y asustados en el arcén.

Después, alguien le cierra los ojos. Como si el sol cada vez más alto, pudiera hacerle daño en las pupilas.

Limpieza general

Asignatura pendiente

Para V.F. , que sabe por qué

Desanudo tu corbata roja.

La seda desliza atardeceres no compartidos,

otoños vividos de prisa,

abriles en septiembres.

Y tu mirada vuelve a ser de mar,

y las líneas paralelas

(sin que sirva de precedente)

se cruzan antes de alcanzar el horizonte.

 

Construyo un castillo

con la arena de nuestros zapatos

revueltos junto a la cama.

Y quisiera estar descalza por siempre

para deslizarme sonámbula

hasta la orilla de tu espalda

cada noche.

Como si el verano

y la pasión aún

pudieran perdonarnos.

 

Escribo nuestros nombres de entonces

sobre la arena húmeda

para que una ola silenciosa

los entremezcle

y devuelva estos que tenemos ahora,

tantos años después,

mientras seguimos siendo aquellos

– y por suerte –

somos otros ya.

Limpieza general

Fugacidades

Turbia la boca

sobre el hombro desnudo

sacude de gentilicios el encuentro.

No importa de dónde venimos

porque mañana regresaremos.

Y no despertaré en tu pecho.

Y no acudirá el sueño a la cita.

 

Turbia la brisa

en el desdén de tu falda

resarcirá heridas de otros adioses

con sal y cristalmina.

Como en veranos de infancia

cuando las brechas curaban

y las pasiones

se reeditaban cada junio.

 

Turbio el silencio

con que no prometemos

más que esta noche.

Porque solo llevamos billetes pequeños,

y de los bolsillos

se nos escabullen realidades

cuando en silencio nos vamos

quitando la ropa.

Limpieza general

Viva la vida – Primer premio en el XI Certamen Literario Rodrigo Manrique

Frente al espejo repasa su aspecto una vez más. Está más nerviosa que en su primer día. Aunque han pasado más de veinte años, lo recuerda perfectamente. Su problema entonces era conseguir recogerse el pelo para parecer seria y profesional. Ya no tiene esa larga cabellera que recoger. En cambio, el pelo muy corto se dispara ahora en todas direcciones desde su cabeza, y la complejidad reside en aplacar tanta rebeldía.

Si está nerviosa no es por el peinado, ni por la sensación de que la chaqueta de su traje no termina de sentarle como antes, ni siquiera por pensar que tal vez su sitio en la mesa estará ocupado cuando llegue.

Si está nerviosa es porque teme enfrentarse a las miradas esquivas con que ha sido recibida en algunos sitios después de que todo pasara. A las sonrisas condescendientes, a los comentarios soslayados, a la conmiseración.

Deja a su hijo en la puerta del instituto y conduce con prudencia hasta la oficina. Si algo ha aprendido es a tomarse las cosas con calma. Hace unos meses hubiera apurado los semáforos al límite del cambio de color. Hubiera vociferado contra ese conductor que insiste en mantener el límite de noventa en la M30 delante de su coche. Hubiera pitado a la moto que se le ha cruzado en la bocacalle justo antes de llegar. En cambio hoy, ha buscado sitio para aparcar sin mirar la hora, sin odiar a esos afortunados que lo han encontrado justo un segundo antes de que ella llegara junto a ellos, sin agobiarse pensando en el tiempo que lleva perdido cuando aún no son ni las nueve.

En el panel del torno de entrada, la flecha verde la reconoce como alguien con derecho a entrar a su oficina. Se siente tontamente feliz. Guarda la tarjeta pensando que de haber estado sola en el ascensor, le hubiera dado un beso antes de hacerlo.

Al salir en su planta, camina sobre el piso enmoquetado escuchando su propio taconeo como si fuera una especial melodía. Ha habido momentos en que ha dudado de poder estar otra vez allí. De volver a odiar el olor de los lunes, de volver a insultar a la máquina de café cuando le tragara su última moneda,  de cuchichear cotilleos sobre la nueva sospecha de romance achacada al de finanzas. Y había sido dudando de ser capaz de regresar algún día, como todas esas cosas habían adquirido un valor distinto para ella.

Se acerca a su mesa casi sin entender que la nube de globos de colores que flota encima, enganchada al monitor de su ordenador, es para ella.

La extrañeza que le producen las mesas vacías, el silencio en toda la planta a esas horas de la mañana, empieza a inquietarla cuando la música estalla estridente desde su ordenador. Es el “Viva la vida” de Coldplay. Esa especie de himno que la ha acompañado en sus cascos durante tantas horas en el hospital, que ha sostenido tantas dudas, tantos desasosiegos, hasta convertirlos en certezas. Esto es obra de las chicas, se dice, mientras sus compañeros salen de debajo de las mesas al grito de ¡Bienvenida! y ella apoya el bolso en el suelo, y llora y ríe y vuelve a llorar entre abrazos, entre bromas, entre gente, que no la ha dejado sola durante estos largos meses, ni tampoco le soltará la mano en este retorno.

Sobre su mesa, la mejor bienvenida: una carpeta con el nombre del nuevo proyecto en el que, le dice su jefe, deberá meterse de lleno ya.

No piensa en el hueco bajo su chaqueta, en que su pelo habrá perdido la seriedad conseguida a base de gel, en que su maquillaje, estará hecho un desastre, después de tanto abrazo y tantas lágrimas enjugadas de prisa. En cambio, piensa en que las segundas oportunidades siempre son mejores que las primeras. Y en que es hora de buscar las monedas e invitar a las chicas al primer café.