Inmortales

Y fueron días oscuros. Muchos de nosotros estábamos allí sin saber cómo ni para qué.  Estar a  las órdenes de Gálvez era una apuesta segura. Moriríamos luchando. La fama se la había ganado a pulso. Puede que no supiéramos por qué luchábamos, pero todos sabíamos muy bien que claudicar no era el camino.

Llevábamos días en las bodegas de los navíos, cuando llegó el desembarco en Santa Rosa. Ansiosos por derramar sangre ajena y respirar aire con olor a pólvora en lugar de ese hediondo tufo a orines de las bodegas, nos quedamos de una pieza al comprobar que Santa Rosa estaba desmantelada. Una trampa, opinaban unos. La habitual cobardía inglesa, aseveraban otros.

Pero entonces llegó el momento. Gálvez estaba decidido a entrar en la bahía a pesar de que sabíamos que la batería de las Barrancas Coloradas seguía activa. Los navíos más grandes tocaban fondo, y para evitar que quedaran encallados a tiro de los ingleses había que sacarlos a aguas profundas. Así las cosas, Gálvez subió a bordo de un bergantín, que por su menor tamaño podría entrar en la bahía, y pronunció esa frase que sigue retumbando en mi cabeza: “El que tenga honor y valor que me siga”.

Yo no tengo de eso, me dije. O lo he perdido todo después de cruzar el océano. Y pensé en la mano blanca de mi madre despidiéndome aquella mañana en que embarcamos. Habían pasado meses desde entonces. Pero parecían siglos. No tengo honor, ni valor, me dije. Pero tampoco tengo nada que perder. Y embarqué junto a Gálvez y un puñado de compañeros tan inconscientes como yo.

-Ya veréis, seremos inmortales y tendremos un sitio de honor en la historia – gritaba Gálvez mientras nos internaba cada vez más en las aguas oscuras.

¿Valientes? No, no lo éramos. Temblábamos mientras entrábamos en el puerto atrayendo todo el fuego hacia nosotros. Pero lo conseguimos. Y el resto de buques nos siguieron.

Los fogonazos en la oscuridad, los aullidos de los compañeros cayendo heridos, la figura de Gálvez empuñando decidido el arma, un dolor sordo en el bajo vientre, y el frío del agua de la bahía, son los pocos recuerdos que tengo de aquella noche atroz. Eso, y esta cojera que me acompaña desde entonces.

Sé de buena fuente que Gálvez terminó consiguiendo su propósito de recuperar Pensacola, y echar a los ingleses. Pero nunca más lo he vuelto a ver.

Deambulo junto con los otros heridos bajo las aguas de la bahía. La vida se hace monótona aquí, pero no nos podemos quejar. Los antiguos barcos han ido siendo reemplazados por naves con motores potentes que revolucionan la superficie sobre nuestras cabezas cuando atraviesan decididas la bahía.

Algunos dicen que ya llevamos más de dos siglos aquí, pero a mí me parece como si todo hubiera sucedido ayer mismo. Cosas de la inmortalidad.

Celosos

Celosos

Para Javier, que sin saberlo, me ha regalado una idea

Por qué demonios sus dueños no los tratan como es debido, se preguntan. Uno, retenido en el bolsillo trasero de un jean que ha quedado derramado sobre la silla. El otro, en el interior de un atiborrado bolso de mujer. Cargados de mensajes, vibrantes notificaciones, parpadeantes e irascibles, no pueden concebir no haber sido mirados, acariciados, atendidos, durante más de tres horas. Y ni siquiera es de noche. Inaudito.

No comprenden el runrún de murmullos, risas, voces deslizantes que se entrecruzan sus dueños, a cara descubierta, sin protección, sin pantallas ni emoticones de por medio. Absurdo.

Como recurso extremo,  se intercambian llamadas.  Pero (y esto sí que termina de desmoronar sus egos) han sido silenciados.

Celosos

Sin esperanzas

– Sí, claro que hay tierra del otro lado. Solo que no se ve

– ¿Y por qué no se ve? – preguntamos una noche mi hermano, la siguiente yo.

Entonces papá nos cuenta que el mar se balancea para no mostrarnos lo que esconde. Porque si nos lo mostrara, echaríamos a nadar como locos y como no sabemos nadar, nos ahogaríamos.

– ¿Entonces cómo cruzaremos?

-Cuando llegue el momento lo veréis – responde en tono misterioso y cenamos cosquillas, que es lo que papá nos trae cuando no consigue raíces o algún animal pequeño para asar.

Esperamos. Hemos esperado que mamá se pusiera buena para irnos de la aldea. Al final, la tuvimos que dejar.

Hemos esperado hasta que el amigo de papá vino a por nosotros y empezamos a andar.

Esperamos que el camino fuera más corto, que los pies no dolieran tanto, que nos tocara el turno de ir en brazos de papá.

Y ahora, frente al esperado mar, seguimos esperando.

Papá riñe mucho con su amigo. Cada noche le dice que no podemos esperar más,  que ya le ha pagado, pero no hay caso. No ha llegado nuestro turno aún. Así que nos acostamos entre la vegetación y como cada noche, nos cuenta lo que hay del otro lado del mar. Hasta que nos quedamos dormidos. Esperando.

Celosos

Lágrimas bebidas – Primer premio XXXIV Certámen Manuel Vázquez Montalbán

Caminábamos siguiendo los pasos de mi madre. Encajando nuestros pequeños pies en sus huellas cansadas. El camino de ida era duro, el terreno muy escarpado y el calor agobiante, pero nada comparado con el de regreso. Cuando los cubos y latas que cargábamos iban llenos de agua, y cada gota que derramábamos suponía motivo suficiente para que mi madre se enfadara y nos llamara inútiles.

A mi madre el tema del agua le preocupaba mucho. No permitía bajo ningún concepto que la bebiéramos si no estábamos cien por ciento seguros de que provenía del Pozo Rojo. Ese sitio al que todos los días concurríamos con nuestros cacharros vacíos y en fila india (ordenados de menor a mayor) todos los hermanos, detrás de mamá, que era quien marcaba el camino. La estrategia consistía en poner a los mayores al final, para asegurarse de que ningún pequeño se perdería por el camino, a la vez de que los que más fuerza y experiencia tenían, alentarían, empujarían, impelerían u obligarían a los pequeños a continuar cuando las fuerzas flaquearan.

Yo era el del medio, pero había sido el pequeño hasta que mis hermanos  Anuar,  Alika  y Ashia   habían tenido edad suficiente como para andar y no ir colgados de la espalda de mamá. Así que de la primera posición en la fila había ido a ocupar la segunda, la tercera, la cuarta, y la tercera otra vez, cuando Ashia había muerto.

Mamá decía que lo de Ashia había sido por beber agua de un sitio prohibido. Se lo dijeron unos hombres blancos que llegaron a la aldea y nos examinaron a todos como si fuésemos insectos.

Por eso mamá se ponía tan nerviosa con el tema del agua y era tan estricta con aquello de tener que ir cada día a recogerla.

Ni siquiera el día en que murió Ashia, mamá permitió que faltáramos. No había ido el día de su nacimiento, ni el del nacimiento de ninguno de nosotros. Las madres se ponen muy malas cuando tienen un bebé. Y para esos días especiales habíamos ido preparándonos acarreando una cantidad extra durante las semanas anteriores que íbamos reservando.

Sin embargo, el día en que Ashia no despertó por la mañana, mamá la enterró bajo la palmera gris y con los ojos abiertos y empapados, ordenó que saliéramos a por agua como cada día.

Las lágrimas de mi madre y las nuestras llenaron los recipientes que acarreábamos antes de llegar al Pozo Rojo. Y aquel día regresamos más temprano que de costumbre. Pero sin ganas de jugar, ni de buscar hormigueros, mientras mamá preparaba ese guiso indescifrable con que nos alimentaba cada noche y papá llegaba con la espalda doblada debajo de la carga que vendería al día siguiente en el mercado del pueblo.

Papá no preguntó por Ashia.  Solo miró con pena el montículo de tierra removida bajo la palmera gris, junto al camino, y lo supo todo.

Luego nos acarició la cabeza uno a uno, como pasando revista. Como asegurándose de que a ninguno más se nos ocurriría morir, y se fue a ayudar a mamá con el fuego que aquella noche no conseguía encender debido al torrente de lágrimas con que eclipsaba las llamas en cuanto ardían. En silencio. Sin hablar del agua prohibida. Ni de Ashia.  Ni de lo injusta que es la vida, si has nacido en mal lugar.

Celosos

Otra y una

No era mi intención arrojar el guante a sus pies. Y supongo que tampoco hubiera sido la suya recogerlo.

Amanecía, y los pasillos del hospital estaban silenciosos y fríos. Yo me había asomado a la habitación 108 con la esperanza de no verla allí. De poder colarme cinco minutos, observar en silencio la figura quieta detrás de la maraña de tubos, rozarle la mano, y murmurarle que yo también estaba a su lado. Y que lo quería. Pero ella había visto mi pelo enmarañado, mi rostro lloroso, y había atado cabos.

– Perdón – murmuré y entorné la puerta.

Había dado apenas diez pasos cuando su voz me llego nítida.

– Sé quién eres. No soy tonta.

Me giré.  Nos miramos. Ella, demacrada,  se arropaba en un jersey grande que yo sabía, era de él. Yo, culpable de una ofensa ajena, bajé la cabeza.

En mis fantasías, en este hipotético encuentro, le iba a disparar unas cuantas verdades, le iba a decir que su marido… Pero ella me miraba y en lugar de alejarnos para girar al unísono y disparar, nos acercamos. Cinco pasos cada una. Y en medio del pasillo, nos abrazamos en silencio.

Celosos

Crónica ocho

Ya no estaba allí. Nuestro planeta azul había quedado reducido a desiertos humeantes y fósiles carbonizados. Sin poder creerlo, nos preguntábamos qué había pasado, mientras agotábamos las escasas reservas de oxígeno y agua de la estación. No teníamos a dónde regresar. Tampoco teníamos a dónde ir.

Alguien sugirió que nos pusiéramos los trajes y flotáramos en el espacio hasta el final. Otros, que nos adelantáramos a esa terrible muerte usando métodos menos dolorosos. Contábamos con ciertas medicinas, que administradas en grandes dosis…

Eso es asesinato, opinaban unos. A ver qué tribunal te va a juzgar ahora, decía otro señalando nuestro humeante hogar a través de la escotilla.

Diez personas, once opiniones. Imposible llegar a un consenso

Ahora todos escribimos frenéticamente crónicas del final. Estoy seguro de que las versiones resultarán de lo más variadas. Las dejaremos flotando en el espacio. Y luego, cada uno, individualmente, decidirá cómo afrontar el final.

Si estáis leyendo la mía, de algún modo, contra todo pronóstico, en este folio enrollado dentro de un tubo de ensayo, habré logrado sobrevivir.