¡Progresa adecuadamente pero puede mejorar!, grita la grada cuando pierde el control del balón y regala un córner a los rivales. Ni un insulto, ni un recuerdo para su madre.  No concibe una afición tan educada. Ni rival, ni propia.

Durante todo el encuentro, ninguno de los equipos ha cometido ni una sola falta. Así no hay quien estrene los tiros libres ensayados.

Hasta sus propios compañeros están irreconocibles. Sonríen a la defensa contraria, se ceden el balón con generosidad…

Él, por darle un poco de emoción al partido, se planta ante el árbitro y lo insulta. Solo consigue que lo ponga a pensar con la frente apoyada en uno de los postes de la portería.

Se jura, mientras cumple el castigo, que es la última vez que antes de salir para el estadio, acepta probar ese extraño té que su hija le prepara a las muñecas.