Tuve que irme a la cama para no flaquear en mi decisión: no adoptaríamos una mascota. Dejé a mis hijos recogiendo la mesa junto a su padre.

Cuando a los postres, Laura había empezado con aquel discurso de “Mamá, tú sabes que ya somos responsables”, supe que mis sospechas eran fundamentadas. Si al llegar del trabajo me estaban esperando con la casa recogida, si no me habían permitido entrar a la cocina, y habían preparado la cena, mientras me colmaban de atenciones y me servían un aperitivo en el salón, era porque querían convencerme de algo.

Y ese algo era, me dije, el único punto en que nunca cedería. Había cedido en que Facundo comprara su primera batería, en que Laurita se hiciera un piercing y hasta en que la peque se tiñera el flequillo de azul. Pero lo de la mascota, ya era otro tema.

– Estarás contento, ¿verdad, Miguel?  – pronuncié en la penumbra cuando deslizó su cuerpo frío bajo las sábanas.

– Michael, te he dicho mil veces que no me llames Miguel

– ¿Y qué importa eso ahora?

Me giré para mirar las cuencas de sus ojos. Él se tapó con las sábanas hasta la barbilla como si le diera vergüenza que viera lo delgado que se estaba quedando.

– Estoy segura de que has estado llenándoles la cabeza– acusé imperturbable.

– Si sabes que no me escuchan…

– Claro que te escuchan, claro que te escuchan. Puede que no te vean, pero escucharte… ¿De dónde si no iba a sacar la niña eso del flequillo punk?

– Pues yo no les he dicho nada de lo de la tarántula. Te juro que ni siquiera cuando eran pequeños les conté que tuve una…

– Sí, y voy yo y me lo creo

Miguel se gira y mira el techo. Desde que ha vuelto, no hace otra cosa que meterse en nuestras vidas.

Todo lo que no hizo cuando los niños eran pequeños, todo ese tiempo que pasó de gira en gira, de grabación en grabación, lejos de ellos, todo, lo está recuperando ahora. No se nos despega ni de noche ni de día.

En casa, todo es Miguel. Su voz sonando en el equipo de música, su albornoz colgado en la puerta del baño, sus fotos inundando el pasillo y su perfume favorito en la piel de Facundo.

Pero eso no es lo peor. Lo peor no es que esté presente en nuestras vidas y que sus hijos no pasen ni un día sin mencionarlo. Lo peor es que lo llevan dentro. Está en los ojos azul oscuro de Laura, en la barbilla empecinada de Facu, en la sonrisa engatusadora de María. Y en los pliegues que se le forman sobre la nariz cuando dice “Merry, te he dicho mil veces que no me llames María”.

– Todo sería más sencillo si te decidieras a irte de una vez – le digo casi como un ruego.

Pero Miguel ya se ha quedado dormido y ronca despacio mientras su mandíbula oscila blanca en la penumbra.

No he conseguido cambiarlo cuando estaba vivo, no puedo pretender hacerlo ahora, pienso resignada, mientras me giro para darle la espalda.

Sé que mañana terminaremos yendo los cinco a la tienda de mascotas a por la tarántula más grande que podamos conseguir.