Al principio, me cautivó tu juego fluido y preciso. Esa forma de pasar el balón con elegancia, con seguridad. Sabías pincharlo y en un solo movimiento enredarlo en tus pies para salir a la carrera hacia la portería. Lo escondías a los defensas, que frustrados ante tu habilidad, se rendían ante cada bicicleta, ante cada regate.
Ese juego de ataque, de estrategia de equipo, ese cuatro tres cuatro y tu famoso “tiqui-taca” me enamoraron, por qué negarlo.
Y me entregué a tus pases profundos, a tus desmarques, a la enloquecedora manera con que sabías mover a tus mediocampistas, a tus dobles pivotes, hasta conseguir mi apertura hacia las bandas.
De ahí, al Hat trick había un paso, que diste a balón parado después de bascular hábilmente y esquivar la barrera.
Entonces, con el cansancio propio del juego de alto nivel, llegó el tiempo en que empezaste a preferir los autopases, a despreciar mis apoyos, y dejarme calentando en la banda sin pedir nunca el cambio. Si me acercaba a ti, me engañabas con unos caños, y te cerrabas atrás para jugar al contragolpe. Y yo, por temor a perder, te seguía dando cobertura sin entender que de tanto ver amarillas, terminaría en la calle.
Tuvo que intervenir el cuarto árbitro para que entendiera que debía detener un momento el cuero y leer el juego. Que los córners que lanzabas ante mis propias narices a otros equipos, no tardarían en convertirse en goles. Y que yo no quería quedar fuera de juego, ni decidirlo todo en la tanda de penaltis.
Me quité el brazalete que me habías dado, y con un pase de la muerte, te obligué a decidir si querías seguir chutando a portería. Recibiste el esférico y me miraste con esos ojos de pichichi que siempre me habían conmovido. Pero en lugar de colarla bajo la escuadra, la tocaste con la mano.
Salí del campo sin mirar atrás, a pesar de tus protestas. A pesar de que pedías a gritos que el VAR certificara, que la mano no había sido intencional.
No me arrepiento. Desde el banquillo, las cosas se ven mucho mejor.
