Te quiere mamá, te quiera la abuela, te quiere papá… Pero más te quiero yo, dice como todos los martes, mientras volvemos a casa a la salida de fútbol.
No quiero decirle a mamá que odio el fútbol. Pero lo odio. Aunque yo mismo le haya rogado que me apuntara al equipo. Las piernas me pesan en cada entrenamiento, y por momentos, no soy capaz de saber dónde está la pelota, porque solo percibo sus ojos clavados en mí, mientras desde la grada alienta mis escasos progresos.
Su mano huesuda tiembla ansiosa cuando intenta acertar en la cerradura con la copia de la llave que mamá le ha dado. Tío Alfredo se encargará de llevarte a fútbol. Ya sabes que yo los martes no salgo hasta tarde. Y yo, a pesar de que nunca me ha gustado mucho el tío Alfredo, que en realidad no es tío ni nada, acepté. Porque deseaba pertenecer al equipo. Y ahora no hay marcha atrás. Eso me dice cada martes justo antes de que llegue mamá. Que esto no tiene marcha atrás y que no querré darle un disgusto a mi madre.
Mis piernas sucias de barro tiemblan aterradas mientras camino por el pasillo para dejar la mochila en el cuarto de atrás.
Él, mientras tanto, ha entornado las persianas y silbando, se ha metido en el baño. El sonido de la ducha abierta se nubla en mis oídos. Me quito las botas y con la cabeza gacha, me acerco arrastrando los calcetines y rogando que este tiempo de descuento, acabe lo más rápido posible.
