Cada otoño vuelves

caminando por la acera del sol,

apuntalando el traje de chaqueta

con tu bastón de caña.

 

Vuelves con tu boina negra

y la bufanda de lana,

y me miras desde la acera de enfrente

mientras consultas tu reloj de bolsillo.

 

Quisiera que no fuese tarde

para poder acudir a la cita,

para decirte cuanto no te dije

en aquel otoño de lluvia en las gafas

en que tuviste la mala idea de morir.

 

Vuelves cada otoño

cuando el puesto de castañas aparece en la avenida

y las setas que recogíamos juntos

crecen otra vez.

 

Vuelves cuando el calendario

atraviesa octubre

como las primeras brisas

y las primeras mañanas con abrigo de lana.

Y te veo en el ascensor,

en el autobús,

en los sueños.

 

Pero si me acerco

te giras

y te alejas buscando un banco

donde sentar tus huesos doloridos

porque el otoño hace estragos

en tus silencios

y en mis intentos de disimular

que cada día te extraño más.