En aquella época, a los niños nos mandaba a comprar tabaco y el tendero nos lo vendía sin siquiera inmutarse.  Lo mismo ocurría con los bares. Mi madre decía que el bar de Manolo no era sitio para mujeres, que si no… ¡Ella misma se ocuparía de sacar a mi padre de allí! En cambio, me mandaba a mí, que como era un niño, tenía la entrada franqueada, serpenteaba entre las mesas y el humo (por supuesto que se fumaba dentro, ¡y cómo se fumaba!), hasta dar con los pantalones de papá, y detrás de la niebla, con él mismo.

– Dice mamá que….

– La bruja ya te ha mandado al niño – vociferaba alguien

Mi padre, siempre me sonreía, apuraba el vino que le quedaba en el vaso y me decía: “Corre y dile que enseguida voy”

Yo lo hacía, pero sabía que era mentira. Que cuando aún estaba yo saliendo del bar, alguien decía “¿Ya te vas a ir, Toñito? Siéntate, que te invito una ronda” Y entonces él se quedaba. Y mi madre se enfadaba conmigo por mentiroso y por no saber hacer bien ni un recado.

Por eso, yo odiaba el vino y el bar de Manolo a partes iguales. Por eso, y porque eran el motivo de constantes grescas entre mis padres.

Sin embargo, cuando mi padre murió y mi madre salió a trabajar, por las tardes me quedaba solo en casa, y un poco por inercia, y otro poco por costumbre, me acercaba al bar de Manolo, me escabullía entre las mesas, siempre vociferantes, siempre cubiertas de humo, hasta la de mi padre. Y allí, entre las risotadas, y el ruido de platos, estaba la silla vacía de papá y su vaso lleno de vino. Y yo me sentía por un momento a su lado otra vez.

Entonces me parecía normal que su sitio permaneciera intacto, como esperando que regresara. Pero ahora comprendo que era todo un gesto por parte de sus amigos, tenerlo presente de ese modo tan especial. Si alguien me veía acercarme, no me lo decía. Era como si yo mismo fuera un fantasma y la presencia de mi padre en aquella mesa fuera lo real.

El tiempo me llevó a olvidar aquella promesa que me hice de niño en las tardes en que las trifulcas en casa amenazaban con descascarar las paredes: nunca bebería vino.

Ahora suelo beberlo, siempre entre amigos. Siempre recordando a mi padre y su remoloneo casi adolescente a la hora de regresar a casa.

Sin embargo,  a veces, me acerco al bar de Manolo, aunque Manolo ya no esté, aunque no se permita fumar dentro, y me siento solo a una mesa. Pido dos vasos de vino, y mientras me bebo el mío,  dejo el otro sobre la mesa, como un reclamo. Como un anzuelo. Tal vez, algún día, mi padre se decida a sentarse un rato conmigo y remolonear a la hora de regresar al cielo.

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