Como un enjambre después de recibir la pedrada de un niño, mi cabeza es una colección de celdas vacías. La luz de una linterna se abre paso entre sus cavidades sin iluminar ni un gramo de sensatez.
– ¡Alto! – grita una voz.
Obedezco. Aunque quisiera, no me podría mover.
En la mano izquierda estrujo el papel en que el detective apuntó tu dirección: calle México 12, 1º A.
En la derecha, sostengo el metal pringoso donde aún noto palpitar tu corazón.
Y entre los labios, aprieto con fuerza, para que no se me olvide, el nombre de mi hija. Ese que he repetido sin parar desde el mismo momento en que, sin imaginar que la libertad iba a durarte tan poco, me has abierto la puerta.

… Y seguro que en su nombre lo haría otra vez. Un texto para leer varias veces, para poder descubrir todos esos detalles que seguro que tanto te ha costado amasar. Para descubrir por qué se han quedado esas celdas vacías, qué objeto metálico blande entre sus manos la prota, y por qué está pringoso, y sentir en sus propias carnes esa furia mantenida a base de repetir el nombre de su hija, para poder hacer lo que ha hecho… en su nombre. Joder.
Muchas gracias otra vez, Alberto. Tu forma de aproximarte a mi texto es muy importante para mí A veces los textos duros son difíciles de digerir y es un riesgo el publicarlos. Mil gracias y un abrazo.