No tenía previsto que hiciera tanto calor en la montaña. Se supone que en esta época del año, las tardes empiezan a acortarse y es mejor recogerse y desandar lo andado antes de que oscurezca. Pero el día es tan espectacular, que decido extender el paseo un poco más. Nunca se hace senderismo solo, explico a quienes cuestionan mi costumbre de perderme por empinadas rutas en soledad. Siempre te encuentras con alguien, y el camino crea complicidad.  Pero cuando me doy cuenta de la hora que es, ya llevo al menos dos sin cruzarme con nadie.

Tengo puesto el abrigo por no cargarlo y estoy sudando. Entonces noto que la mochila no está en mi espalda. Me detengo en seco. ¿La habré dejado sobre aquella roca cuando paré por última vez a beber agua en la fuente? ¿O es que llevo sin ella desde el almuerzo?  Oscurece demasiado de prisa y la linterna ha quedado en algún lugar dentro de mi mochila. Me siento un momento a pensar. Estoy confundido.

Entonces empieza el dolor. Bueno, en realidad no se lo podría llamar dolor. Es escozor. Dan ganas de coger un cepillo de metal y restregármelo por la zona. Porque a ver quién llega con cierto margen al hueco entre sus omóplatos. Pues ahí mismo brotan. Primero, dos puntos lacerantes. Picaduras de algún bicho de la zona, supongo. Colapsan, y dos tubitos articulados transparentes, como ramas de abeto, florecen desde ellos. No me preguntes cómo puedo verlos. Pero la sensación de que allí están es tan real que me quito el abrigo y la camiseta. Y efectivamente basta con mirar sobre mi hombro para encontrarlos. Pienso en que tengo que pedir ayuda, que por suerte el móvil está en el bolsillo de la cazadora que me acabo de quitar, y que ahora no encuentro en la oscuridad.  Una sirena lejana empieza a sonar. Entonces aparecen las plumas. Blancas, enormes. Cubren los tubitos y pronto las alas me tapan la espalda. Antes de que los que gritan mi nombre se acerquen, echo a volar. 

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