No siento dolor, estoy anestesiado. Pero la boca abierta, el líquido acumulándose, y la cara de la asistente pegada a la mía, me incomodan.

La asistente ríe las bromas del dentista y a mí me dan ganas de reír también, pero no puedo, claro. Hacen buen equipo. Se nota la complicidad entre ellos.

Me voy relajando. Tanto, que no noto cuándo el odontólogo introduce el brazo entero en mi boca. Luego la cabeza, otro brazo, el abdomen y las piernas.

De vez en cuando saca una mano para pedir algún instrumento. Su voz resuena como en una caverna. “Entra, se ha complicado” grita. La asistente mete la bandeja del instrumental, para después introducirse ella.

Me han dejado solo. Miro el foco. Los escucho bromear en mi interior. Quisiera que me invitasen a ir con ellos. Sería un viaje muy interesante.  La asistente me grita desde dentro: “solo un poco más. Aguante por favor”.

Ahora todo son murmullos. Abro más la boca para intentar escuchar. “Aquí, no, cariño”, dice la voz cavernosa de él. Luego, la risita de ella, los instrumentos rodando descontrolados por toda la cavidad y una explosión de sabores en la lengua.

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