Si dijera que sentí dolor, mentiría. Solo una presión fuerte en el abdomen. El médico empujaba con toda su fuerza sobre mí. Ya sale, dijo. Y el vacío interior. Algo no va bien, pensé, debería llorar. Lloraste. Te acercaron envuelta en una sábana. Roja, con los ojos cerrados, el ceño fruncido. Te apoyaron sobre mi pecho. Olías a mar y tenías el pelo largo, como tejido con algas. Lloré emocionada sobre tu cabecita. Entonces empezaste a cantar. Bueno, al menos algo ha sacado de mí, me dije después de tantear bajo la sábana y comprobar que como tu padre, tenias dos potentes piernas. Una, de madera.

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