Los fuimos rodeando. Los machos vigilantes desde las inmediaciones, las hembras saliendo al encuentro de las víctimas. Nos comimos algunos, para no defraudar a los televidentes. Aunque costó mucho porque sabían a plástico y barniz. Fueron una gacela, una cebra bebé, y dos crías de ñu.

Terminada la faena, los espectadores ya estaban todos concentrados en sus siestas de sofá.

Sin hacer ruido, para que no nos sorprendieran y se perdiera la magia, descolgamos el telón de fondo que tenía los baobabs pintados, plegamos los arbustos, quitamos la alfombra de hierba artificial y montamos el decorado de la carrera de bicis.

Luego, nos marchamos a nuestras jaulas, a esperar la ración diaria de carne. No era muy abundante, pero al menos era de verdad.

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