Sufriendo lo indecible por amor, mamá había recortado todas las fotografías en las que aparecía papá. Por eso, su rostro fue desvaneciéndose en mi mente. Había intentado retenerlo sin conseguirlo.

Llegada la adolescencia ya no lo recordaba con nitidez. Un bigote, una barba, ¿o era una perilla? Odié a mamá. Porque la adolescencia era el momento de hacerlo, y por robarme la posibilidad de cotejar mis recuerdos.

Mucho después, cuando ella murió, descubrí su otro álbum de fotografías. Ese en el que guardaba los fragmentos robados a las oficiales. Sentí pena por ella. Pero más, por el desconocido que me miraba solitario desde aquellas páginas.

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