Le obligaron a sentarse en el sofá, junto a sus zapatos de trabajar en el campo. El mayor los señaló con gesto despectivo.

—Tú ya no estás para estas cosas, papá

El pequeño pronunció sin reparos:

—Ni para estar solo en esta casa

Y la del medio agregó:

—Los niños estarán felices si vienes a vivir con nosotros.

Una, dos, tres mentiras: Había trabajado todo el día; no estaba solo, ella seguía en la casa; y para los chavales no era más que un viejo cascarrabias.

Pronunció la cuarta: cuando vuelva, no quiero veros aquí. Luego se puso en pie para ir al granero a dar de comer a las gallinas.

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