Se me acumulan las lentejas desde que confesé a la vecina, que echo de menos los guisos de mi madre. Se ha erigido en paladina legumbrera y cada día me toca el timbre con un táper lleno entre sus manos ajadas. Le digo que no debería molestarse y le devuelvo los recipientes vacíos. Ella permanece en el vestíbulo, como si no se atreviera a seguirme hasta la cocina. En realidad, se queda mirando la foto de mi padre colgada en la pared. Los ojos se le nublan. Cómo te le pareces, dice.

Y yo empiezo a entender por qué papá nunca quería comer lentejas en casa.

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