Le obligaron a sentarse en el sofá, junto a sus zapatos.
—Yo no puedo hacerme cargo.
—Yo menos aún, Ricardito es alérgico.
Luna giraba sus atentas orejas mirando a uno y otro.
Llamaron a la puerta. Ladró. Tal vez él hubiera regresado. Pero no. Él nunca llamaba, él ponía la llave en la cerradura de un modo inconfundible.
Un hombre con olor a madera y hojas entró diciendo algo sobre llevarse muebles.
—¿Usted no la querrá?
El hombre negó con la cabeza.
—Entonces no quedará otro remedio —dijo alguien mientras la cogía en brazos y la sacaba de su casa, sin darle tiempo a olisquear por última vez los zapatos vacíos.
