Ensayo sobre la alegría

Ensayo sobre la alegría

Aquel ser diminuto que golpeaba la lente desde el otro lado, me obligó a bajar la cámara. Yo llevaba tanto tiempo mirándolo a través de ella, que sus ojos oscuros y limpios se colaron en mí en cuanto me salieron al encuentro. Sonrió, dientes desparejos, alegría uniforme.  Hurgué en los bolsillos buscando una moneda. El niño negó con la cabeza cuando quise dársela. No hablábamos el mismo idioma, pero eso no es necesario para entenderse.

Señaló mi cámara. Le fui mostrando una a una las fotografías, captadas durante todo mi periplo por África. Sonreía y me abrazaba cuando alguna imagen le llamaba la atención. Le mostré todas las que tenía hasta llegar a la que él protagonizaba con la cara llena de sol y los ojos abiertos y colmados de vida. Aplaudió sorprendido al verse y ensayó un bailoteo feliz sobre sus pies desnudos.

Le robé una última instantánea, posando con desparpajo esta vez.

En un metro cuadrado

En un metro cuadrado

No podía dejar de llorar. No porque me hubieran pisado el bocadillo, ni por mi estuche desaparecido otra vez. Tampoco por la falta de tolerancia de mis compañeros ante eso que me hace distinto a ellos.

El motivo por el que, encerrado en un baño de las chicas, no podía dejar de llorar, era que Vicente, por primera vez, en lugar de mirar hacia otro lado, había salido en mi defensa, aunque le contagiara el rótulo de mariquita. Lloraba, porque cogido de su mano, uno a cada lado del inodoro, confinados en un metro cuadrado, me sentía absurdamente feliz.

Miradas

Miradas

Y sacudiéndose los dedos, se lavó toda la mano en el río. Luego se giró despacio y me miró. En sus ojos aún se veía con claridad el reflejo de los rizos de la niña volando enloquecidos en el forcejeo.

Esos rizos que ahora estaban desparramados sobre una piedra cercana a la orilla, mientras el resto del cuerpo mantenía una postura imposible sobre la tierra húmeda.

Bajé la mirada. No hubiera soportado presenciar otra vez la escena de la niña sucumbiendo bajo su fuerza indudablemente superior. Aunque en el espejismo de sus ojos no se escucharan los gritos infantiles que hacía apenas un momento habían provocado desbandadas entre los pájaros de los árboles cercanos.

Ahora, él palidece al ver en mis ojos lo que ocurrirá a continuación. Los suyos funcionan con retraso y los míos adelantan.

En los míos se ve a sí mismo flotando boca abajo sobre la corriente del río. Un río que lo arrastra indiferente. Sin reparar en la brecha que, desde la nuca hasta la coronilla, le atraviesa la mollera dejando a la vista parte del cráneo.

Él sacude la cabeza para olvidar la visión. Piensa que está dejándose llevar por el nerviosismo. Pero lo que ha visto ocurrirá.

Yo, ni siquiera sé que ocurrirá, por eso temo que ahora venga a por mí.  Confiar en mi lealtad, a pesar de que nunca le he fallado, tal vez sea pedirle demasiado. Nunca las cosas han llegado tan lejos.

Solo sus macabros jueguecitos, vuelta al maletero, y devolverlas a alguna calle del pueblo más cercano en que puedan encontrarlas deambulando desorientadas y devolverlas a su sitio.

—Hay que enterrarla —le digo haciendo un gesto hacia los rizos sobre la piedra.

Él se queda paralizado. Supongo que esperaba cualquier cosa menos que me preocupara por el cadáver de la niña.

Evita mirarme a los ojos y lo agradezco. La desesperación en el rostro de la niña sigue flotando en los suyos.

Cojo las palas que llevamos siempre en el maletero y comienzo a excavar entre dos árboles.

—Tenemos que irnos —dice con urgencia.

—¿Qué quieres, que encuentren el cuerpo y aten cabos?

El coge la pala que dejé apoyada en un tronco y me ayuda. Resoplamos. En forma alternativa, al unísono. El sudor le inunda la nuca. Prefiero ver eso que sus pupilas.

El cuerpo de marioneta rota de la niña sigue allí, a apenas unos metros. Me acerco a cerrarle los ojos. Y en ellos, que no retrasan ni adelantan, veo el presente. Me veo alzando la pala por encima de mis hombros, con una fuerza que nunca he tenido, y clavándola por la parte del filo en la cabeza sudada de él. Una línea recta e impecable desde la nuca hasta la coronilla, que deja ver parte del cráneo.

Bebé robado

Bebé robado

Tan magos que eran los reyes y no había forma de que lo entendieran. Una y otra vez les había pedido que lo devolvieran a su verdadero padre, pero ellos, nada.

Uno llenaba el portal de olor a incienso para espantar los insectos. El otro apilaba lingotes de oro junto a su cuna, como si un neonato supiera armar juegos de construcción. Y el tercero, preguntaba a María y a José qué hacer con el otro elemento que acarreaban desde Oriente, pero todos desconocían qué diablos era la famosa mirra y para qué servía.

Lloró en varios idiomas, sin conseguir que se dieran por aludidos. “Estos no son mis verdaderos padres”, repitió tanto como pudo. Pero dio igual. Los reyes marcharon muy satisfechos a propagar la buena nueva.

Esperanza

Esperanza

Antes de que Ricardo nos mostrara lo que por suerte trae en su mochila, estábamos aterrorizados.

Dos días en la cueva y, por el hilo de luz que se va disipando en la grieta, vamos a por la segunda noche. No creemos que nos busquen. Nadie sabía que íbamos a emprender la maldita excursión, idea del Colo. Él fue el primero en llorar anoche. Entre todos lo consolamos. Sobreviviremos: tenemos un hilillo de agua que se filtra y algunas galletas aún, le dijimos. 

Pero recién cuando Ricardo sacó su brújula mágica, que atrae a los equipos de rescate, nos lo creímos de verdad.

Ahora es Ricardo el único que llora en la oscuridad. Los demás hacemos como que no lo escuchamos.  

Buenos Aires, 1977

Buenos Aires, 1977

La obligaron a sentarse en el sofá, junto a sus zapatos. Se concentró en mirarlos para no ver los pies descalzos de su padre en dudoso equilibrio sobre la banqueta de la cocina. Temblaban. Las rodillas desnudas, el calzoncillo bóxer, la camiseta de dormir, y más arriba, su cara aterrada y el cuello rodeado por una soga gruesa que colgaba del techo.

—¡Déjenla ir! Es una pibita. No sabe nada —lo escuchó decir.

Una bota negra pateó apenas la banqueta. Entonces, ella sacó su pistola de plástico para dispararla contra los uniformes. Lo último que vio fue un hilo dorado goteando sobre la alfombra desde el charco de orina a los pies de su padre.