Cuando empieza a contar otra vez sus batallitas de la época de la guerra, al abuelo lo metemos en su caja.
Mamá dice “Nacho, trae la caja del abuelo” y con eso yo ya sé lo que hay que hacer. La bajo del altillo, le sacudo la tierra, y la pongo abierta junto al sillón del abuelo.
Él, que está distraído relatando cómo se escondieron en el patio de la Aurora cuando los militares vinieron a por ellos, se pone de pie, se quita los zapatos, se dobla por la cintura y se mete en la caja sin quejarse. Sigue hablando, pero si cierro la tapa, casi ni se le oye.
Lo sacamos cuando vienen de visita las tías, o el cura de la parroquia llega preguntando por él porque le extraña no verlo en misa.
Al salir, sigue narrando alguna anécdota de las que ya escuchamos tantas veces, pero te da un poco de ternura cuando lo vuelves a ver después de tanto tiempo. Eso sí, al cabo de unos días, se te pasa. Y estás esperando con ansia que tu madre te mande a buscar la caja otra vez.
Escrito para los Viernes Creativos a partir de esta fotografía:


Como el abuelo Cebolleta, los ancianos a veces tienen mucho que contar, pero todo en su justa medida. Menos mal que se inventaron las cajas.
Un abrazo, Patricia
Gracias, Ángel por pasarte por aquí